2021: AMISTAD - Vol XLIII nº 1 y 2

Héctor Ferrari: Miembro con función didáctica de la APdeBA. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Ex Presidente de APdeBA. Ex Rector del IUSAM de APdeBA. Profesor Titular Consulto de Salud Mental Facultad Medicina UBA. Ex Director del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina, UBA.

Introducción

El concepto de lazo social ha sido abordado desde distintas disciplinas, como la Sociología, la Filosofía, la Política, la Psicología Social, la Antropología, etc., cada una desde su propio campo disciplinario. La noción de lazo social adolece de una definición precisa aunque remite al entramado que, por enlaces afectivos y de intereses, impulsa a los individuos a vivir juntos. La máxima organización que se han dado para regular ese ‘estar juntos’ constituye la sociedad. Como en cada época de crisis, en la actualidad se ha redoblado el interés por el estudio de los vínculos humanos y por sus efectos en la sociedad en su conjunto.

La denominación lazo social también ha logrado una extensión clínica en psicoanálisis, porque el tema era necesariamente de su incumbencia. Sin embargo y a pesar de su difusión actual, el esclarecimiento de sus fundamentos en términos freudianos no ha sido suficientemente abordado. Todavía se requiere precisar en su obra los elementos metapsicológicos presuntamente afines a los que se alude con el concepto de lazo social.

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A lo largo de su obra, Freud puso de manifiesto la importancia de lo que funda, posibilita y perturba los lazos de convivencia entre los seres humanos. Señaló la condición del hombre moderno, desgarrado entre lo ineducable de la pulsión y las exigencias civilizatorias sostenidas por ideales culturales inalcanzables. Pero, no llegó a emplear el concepto de lazo social. Sin embargo, de la lectura de su obra y en especial en sus llamados ‘textos sociales’ se desprende que utilizó términos similares o equivalentes, en los que, más allá de sus diferencias, resuenan significados cercanos, casi semejantes, que evocan un sentido análogo al referido como lazo social.

Este trabajo se propone revisitar, a cien años de su publicación, Psicología de las masas y análisis del yo para determinar en el texto referencias, si las hubiera, que ayuden a esclarecer la especificidad psicoanalítica de lazo social como categoría conceptual. También tratará de interesar a las ciencias sociales con la contribución que el psicoanálisis, desde este texto puede hacerles en la comprensión que tienen del lazo social.

Primero se incluye una serie de comentarios generales sobre el lazo social, luego se aborda su relación con el psicoanálisis y finalmente se incluyen dos ejemplos de lazo social: uno, un período crucial en el lazo de amistad entre Freud y Fliess, desde el relato de uno de los protagonistas; el otro, un ejemplo de cómo los lazos ancestrales paterno filiales en una comunidad étnica se reiteran imperativamente en cada generación.

Lazo social: comentarios previos

El concepto de “lazo social” es de procedencia básicamente sociológica. Desde Rousseau y su pacto social, fueron A. Comte, Max Weber y en especial E. Durkheim quienes empezaron a reflexionar científicamente sobre las sociedades, los vínculos sociales entre los individuos y los fenómenos de masa. Fue justamente Durkheim, quien concibió la existencia en la masa de fenómenos que denominó hechos sociales. Los definió como: “…modos de actuar, de pensar y de sentir que presentan la propiedad notable de que existen fuera de las conciencias individuales” 1. Son colectivos y coercitivos porque son parte de la sociedad, existen antes de nacer, como la lengua natal, la escritura y el sistema monetario.

La Psicología Social, una rama de la Sociología, nació a principios del siglo XX como intento de hallar un enlace entre las vivencias individuales y las del colectivo social. Una sub disciplina se impuso con el nombre de Psicología de las masas luego de la aparición del libro de Gustavo Le Bon con el mismo nombre en 1895 2.

1 E. Durkheim. (1897). La división del trabajo social. Ed. Lea (2014).
2 Le Bon, G. (1895). Psicología de las masas: estudio sobre las multitudes, Verbum, Madrid (2018).

La vida de los seres humanos trascurre dentro de una estructura social constituida por múltiples lazos: amorosos, familiares, amistosos, profesionales y a su vez, como miembros de una familia, un grupo, una comunidad, una institución o integrantes de una masa. Los lazos unen, atan, se gozan o generan conflictos. Todos estos lazos merecen ser considerados sociales. Para registrar sus efectos, el individuo dispone de una estructura anímica originariamente escindida que percibe, espeja, registra o distorsiona la presencia y significatividad de esos lazos. En su trasfondo, según Freud, inciden en la escena las pulsiones, fuerzas potentes y cerriles, que esfuerzan en la búsqueda de objetos para aliviar la tensión de necesidad.

En su acepción mínima, lazo social es lo que ata, une, asocia, pone en relación a los individuos. Es alegoría o metáfora de la sociabilidad humana, es decir, de un modo particular de ser o estar con los demás, de una manera que tiende a la asociación como a la disolución y que supone de antemano individuos dispuestos a entablar relaciones con otros individuos, ya sea por necesidad o interés.

El lazo social une objetos de intereses encontrados: el Yo del individuo, enraizado en el inconsciente pulsional, se manifiesta en la consciencia procurando afirmarse en la singularidad, la autonomía, la pretensión de libre albedrío. El otro del lazo, sentido como idéntico o ajeno, aprueba o desaprueba, alivia o frustra, asiste o desampara. Lo singular y lo plural se entrecruzan, se apoyan, se potencian, se enfrentan, son fuente perenne de bienestar o malestar. Lo otro del lazo también pueden ser ideas, creencias o ideologías impuestas coercitivamente desde el colectivo social. En los extremos, el individuo puede tender a acentuar patológicamente su ‘individualismo’ y la masa puede anular la autonomía de los individuos que la componen.

¿Lazo entre qué o quiénes? Lazo social es un concepto compuesto de dos términos. El primero señala el efecto de una acción o actividad: lo que ata, liga, une, vincula, enlaza a cosas y/o personas. Mientras que para Rousseau lo que ata es la búsqueda del ‘bien común’ 3, para Durkheim es la ‘solidaridad social’ 4. Hay muchas otras propuestas formuladas desde distintas disciplinas. Freud señala a la libido del dispositivo pulsional como la que aporta la energía y propulsa los vínculos.

3 Rousseau (1918). El contrato social, Madrid, Brontes.
4 Durkheim, É. (2008) La división del trabajo social. Buenos Aires: Gorla.

El segundo término, cualifica esa acción en el campo de los fenómenos sociales. En el lado social del lazo se privilegia la sujeción entre individuos, pero también del individuo con el colectivo humano y sus variedades de organización: la familia, la sociedad, la comunidad, de últimas, la cultura. En este punto, convendría diferenciar aquellos lazos que se distinguen por su historia, su singularidad, su familiaridad (consanguínea o no) y que unen por su fuerza pulsional libidinal o afectiva, como los vínculos de pareja, parentales, de amistad, de amor, de rivalidad, de envidia, etc. Y de aquellos otros lazos que genera la masa, que también son libidinales pero que para Freud se constituyen en especial vía ideal del Yo y que se establecen entre personas ajenas entre sí, que se unen por ‘algo en común’ y cuyo mecanismo central es la identificación. Esta distinción, es solo conceptual, las personas entablan lazos sociales en ambos circuitos.

Hablar de “lazo social” implica utilizar un sintagma con ambigüedad de significados, que fluctúa entre lo concreto y lo abstracto, lo literal y lo figurado. El lazo social se deduce de una individualidad primera, la persona o el individuo, que de forma explícita o implícita siempre aparece como algo dado, literal. Pero el individuo nace en un mundo social que también aparece como algo dado, pero como un ente figurativo, simbólico, abstracto.

La masa, que es social por definición tiene efectos de fuerza sobre los individuos que se impone sobre ellos. ¿Hay un sujeto social que esfuerza modos de actuar, pensar y sentir externos al sujeto? ¿Se piensa o se es pensado? ¿Hay un Yo, una mente grupal, un inconsciente colectivo a cargo? Freud pensaba que lo inconsciente es individual: “… y no creo que logremos nada introduciendo el concepto de un inconsciente «colectivo». Es que de suyo el contenido de lo inconsciente es colectivo, patrimonio universal de los seres humanos.” 5

5 Freud, S. (1939). Moisés y la religión monoteísta, AE XXIII.

La sociedad contribuye a modelar el perfil social del lazo, a normatizar su desempeño, la llamada moral pública: la relación entre el vínculo, la norma y la Ley. La norma social indica que se prescribe y se proscribe, los usos y costumbres, lo que esta ‘bien’ o lo que está ‘mal’. En resumidas cuentas, el deber ser en la colectividad. Ante ella, el sentimiento de culpa es ‘angustia social’. Las normas, orales o escritas, funcionan como un encuadre normativo que le aportan estabilidad y previsibilidad a los lazos sociales. Pero en tanto implican interdicción, las normas sociales están remotamente enlazadas con lo que constituye el auténtico secreto de lo social, originariamente la prohibición del incesto.

Los lazos sociales tienen presencia en el escenario de lo real social. Sus ‘marcas’ se manifiestan en la lucha que la persona ejecuta con los otros por la subsistencia, el acceso al trabajo, al ingreso digno, a igualdad de oportunidades, pero también a convivir con valores como justicia, equidad, derechos humanos o sufrir su sistemática violación. Interviene el ‘apremio de la vida’ cuyo poder sobre el deseo es necesario tener en cuenta. ¿Qué define una patología de lo colectivo social, cómo afectan las características de sus líderes cuando seducen a lazo a una multitud? ¿Cuáles son sus efectos sobre los vínculos en la masa? El tema se desliza hacia consideraciones políticas y de derechos humanos.

Con frecuencia se escucha decir que los lazos sociales, tal como los hemos conocido, han cambiado, que los roles tradicionales se han modificado, que los vínculos han dejado de ser lo que eran. En algunos medios analíticos se menciona como ejemplo la caída de la función paterna, la irrupción de las neo sexualidades. Algunos suman el efecto pernicioso de las redes sociales, otros el discurso neo-capitalista, actualmente la tecno-ciencia. Se sugiere que estos cambios generan nuevas patologías, las que, a su vez, exigirían nuevos dispositivos terapéuticos. La crisis actual que involucra a los lazos sociales parece tener una mayor profundidad y ser de alcances imprevisibles. Lo que hoy en día se percibe en estado crítico es el sentido de los valores, las creencias y las prácticas que instituyen el orden social y hasta la posibilidad de reencontrar sentido o direccionalidad en los lazos sociales para una vida en común.

Lazo social en Psicología de las masas y análisis del yo

Vale la pena repasar los términos que Freud utiliza con frecuencia en este texto y cuyos significados aparecen relacionados con lazo social. Por supuesto, salvando las limitaciones que impone su traducción del alemán al español.

El término individuo 6, significa indiviso, indivisible, singular, es el que Freud usa casi exclusivamente para denominar a las personas que se vinculan en una relación diádica o como integrantes de una masa (individuos e individuo-masa). Freud distinguió en el individuo una serie de instancias o sistemas internos que se relacionan entre sí y también pueden formar parte de los vínculos entre los individuos. 7

6 En el Yo y el ello, individuo es traducido de Individuum; AE XIX (p. 25).
7 En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud utiliza individuo e individuos más de ciento veinte veces.

Lazo: “vínculos de amor (o, expresado de manera más neutra, lazos sentimentales) constituyen también la esencia del alma de las masas” (p. 85); lazos de masa “que reemplaza al lazo religioso como parece haberlo conseguido hoy el socialismo” (p. 94) ; “lazos libidinosos” (p. 94); “Hemos investigado hasta ahora dos masas artificiales, y hallamos que están gobernadas por lazos afectivos de dos clases… con el conductor y entre los individuos” (p. 95); “La identificación como la forma primera y la más originaria del lazo afectivo” (p. 100).

Ligazón y ligazones: el sentido con que parece usar el término se acerca al de lazo y parece próximo a lazo social. “… la ligazón de cada individuo con Cristo es también la causa de la ligazón que los une a todos” (p. 90); “En un individuo, la angustia será provocada por la magnitud del peligro o por la ausencia de ligazones afectivas…” (p. 92); Ligazones libidinosas de la masa (p. 104); “Las ligazones sexuales de la primera infancia sobreviven pero reprimidas e inconscientes” (p. 130); “las ligazones afectivas de ternura» (p. 131); “Todas las ligazones en que descansa la masa son del tipo de meta inhibida” (p. 130).

Vinculo: “de este individuo con otro (p. 67); “vínculos de amor (o, expresado de manera más neutra, lazos sentimentales) constituyen también la esencia del alma de las masas” (p. 87); “vínculos entre idea y el conductor (p. 93); “vínculos afectivos de índole amistosa” (p. 132); “vínculos alterados entre el yo y el Ideal del yo” (p. 125).

Se destaca en especial el vínculo con el objeto interno y externo: “La neurosis …abarca todos los vínculos posibles entre el yo y el objeto, tanto aquellos en que este es conservado, como los otros, en que es resignado o erigido en el interior del propio yo, pero de igual modo los vínculos conflictivos entre el yo y su ideal del yo” (p. 138).

Relación y relaciones: “En todas las relaciones mencionadas, con los padres y hermanos, con la persona amada, el amigo, el maestro y el médico, el individuo experimenta el influjo de una persona única …” (p. 67); “De acuerdo con el testimonio del psicoanálisis, casi toda relación afectiva íntima y prolongada entre dos personas —matrimonio, amistad, relaciones entre padres e hijos…” contienen un sedimento de hostilidad (p. 96); “relaciones recíprocas entre objeto y yo” (p. 104); “…en las relaciones sexuales entre hombre y mujer…” (p. 133).

Freud recurre a una serie de términos cuyos significados están muy próximos y por momentos se hacen indistinguibles en sus diferencias. Todos son utilizados para señalar una relación entre una y más partes, similares o diferentes, externas o internas, homogéneas o heterogéneas. Algunas sugieren sutiles puntualizaciones en términos de fuerza, poder, potencia; lazo suena más concreto que vínculo y vínculo más que relación. Ligazón parece implicar una atadura más fuerte que vínculo.

Vale recordar que en este trabajo todavía la libido es el combustible indispensable de los vínculos y el amor su correlato clínico (el odio es parte de la libido). La ligazón o el lazo son pensados en su ambivalencia. El odio, la destructividad están señalados pero, en este texto y en nota al pie (p. 97, n. 5) esta enunciada la pulsión de muerte, que en el futuro será la manzana de la discordia en el lazo social.

Por la Nota Introductoria de Psicología de las masas y análisis del yo sabemos que Freud le comunicó a Strachey la “simple idea” de explicar la psicología de las masas en la primavera de 1919 y que publicó en el año 1921. Esta ‘simple idea’, majestuosa y perdurable en su sencillez, acaba de cumplir cien años. En forma por demás natural, da cuenta de los vínculos del individuo consigo mismo y con el colectivo social al que pertenece. Dice así:

“Una masa primaria es una multitud de individuos que han puesto su objeto, uno y el mismo, en el lugar del ideal del yo a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo” (p. 109).

Ya en la breve Introducción define su posición claramente. La división entre psicología individual y social o de masas viene del campo académico, no tiene sentido oponerlas, es artificial porque “desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente social en este sentido mas lato pero enteramente legítimo” (p. 67). Es decir, lo social ‘legitima’ a la psicología porque no hay psicología sin vínculos: siempre hay un Otro que cuenta como modelo para imitar, un objeto para desear, un auxiliar como sostén, un enemigo para odiar, un instancia interior con la cual dialogar… Estos vínculos entran en oposición con otros procesos denominados narcisistas, los que se sustraen del influjo del otro o renuncian al otro…pero siguen siendo sociales…

Freud señala que los vínculos humanos son sociales por naturaleza: La relación del individuo con sus padres y hermanos, con su objeto de amor, con su maestro y con su médico, vale decir todos los vínculos que han sido hasta ahora indagados preferentemente por el psicoanálisis, tienen derecho a reclamar que se los considere fenómenos sociales (p. 67). Unas líneas más tarde agrega al amigo. Son el resultado de cuando un individuo experimenta el influjo de una persona única o un número pequeño de ellas, cada una de las cuales ha adquirido una enorme importancia para él. Es decir, son vínculos considerados por su singularidad, conocimiento, intimidad y familiaridad aunque no sean de la familia. En estos lazos sociales, el Otro (der Andere) no es solo significativo para él individuo, sino que comparte una historia de intimidad con él, lo habita internamente, dialoga con él, … aún ausente.

Freud define los vínculos a los que el psicoanálisis da valor como fenómenos sociales. Los cualifica en primera instancia como fenómenos, una categoría de vieja raigambre filosófica: los establece como sociales porque son los objetos del arraigo del individuo en el tejido social. Considerando el vínculo como fenómeno social propone una concepción más equitativa entre el individuo y aquello que se define como lo social, evitando caer en posturas reduccionistas, como psicologismo y sociologismo.

De entrada, Freud evita dar una definición de la masa y en su lugar pasa a hacer referencia al campo de fenómenos de masa para extraer de él algunos hechos llamativos y característicos que puedan servirle a su indagación (p. 69). Así pasa a revisar la brillante descripción del alma de las masas que hace Le Bon al mismo tiempo le va señalando su divergencia. Le objeta que “… considera como objeto de la indagación la influencia simultánea ejercida sobre el individuo por gran número de personas con quienes está ligado por algo, al par que en muchos aspectos pueden serle ajenas” (p. 67). La mención de la ajenidad es esencial.

En el caso de la masa, el individuo es miembro de una raza, un pueblo, una clase, un estamento, una institución o integrante de una multitud organizada en forma de masa durante cierto lapso y para determinado fin. Freud no está de acuerdo en despedazar el tejido social y postular una supuesta pulsión social. La crítica freudiana es para una ‘psicología social’ que estudia las masas basada en el desgarramiento de un lazo que constituye un nexo único. Sería como ‘cortar’ las pertenencias ‘psicológicas’ propias de los individuos que la integran.

No cualquier multitud es una masa. Por lo tanto los vínculos humanos no se definen como sociales por el número, ni el número asegura la presencia de una pulsión social para hacer masa. En cambio “… los comienzos de su formación pueden hallarse en un círculo estrecho, como el de la familia” (p. 68). La familia es el modelo de constitución anímica del individuo, en su doble faz ‘individual’ y ‘social’. Dicho sin vueltas, la familia, a su escala, es la cuna del lazo social, la que tiene que administrar el recorrido pulsional en el seno de las experiencias familiares, siendo a su vez el núcleo de la socialización de sus crías. Es el pasaje del narcisismo a la experiencia edípica y de ahí al de los lazos plenamente sociales.

Para la relación que se establece entre un individuo y el otro y con los individuos de la masa, Freud cuestiona expresiones como sugestión, imitación, contagio, habitualmente utilizadas en la hipnosis. Propone desde la teoría a la libido como el combustible que promueve los vínculos pero que se manifiesta como afectos o sentimientos. El individuo está provisto de un dispositivo sensible a percibir signos similares en la vida anímica de los otros, a compartir sus estados afectivos e intelectuales. Este dispositivo que le permite estar ‘aprestado’ afectivamente, a entrar en contacto con el otro es lo que Freud denomina apronte afectivo. Esa disponibilidad, esa capacidad para relacionarse con el otro y en una masa es determinante del lazo. La sugiere, sin entrar en detalles, cercana a la empatía, “Hay un camino que lleva desde la identificación, pasando por la imitación a la empatía, vale decir a la comprensión del mecanismo que nos posibilita en general, adoptar una actitud frente a la vida anímica de otro” (p. 104, 11).

El lazo social genera en sí impactos sensibles. Freud utiliza términos como ‘influencia, influir o influjo’, que es lo que le interesa indagar. Influencia se refiere a los efectos o al predominio que una persona ejerce sobre otra. Estas palabras, reiteradamente utilizadas en el texto, hacen suponer que en el lazo social hay siempre una relación de poder, de sometimiento, de dominio en juego, especialmente en los fenómenos de masa. También en los vínculos internos, por ejemplo, el Superyó le impone al Yo el imperativo categórico o la tiranía con que el Ideal del yo lo obliga al Yo a obedecer sus ideales. Cuando la influencia recíproca en el vínculo no cursa en armonía genera discordia.

Freud se pregunta: ¿Qué es entonces una «masa», qué le presta la capacidad de influir tan decisivamente sobre la vida anímica del individuo, y en qué consiste la alteración anímica que impone a este último? (p. 69) ¿Por qué la relación se establece con un objeto familiar, tal vez con un desconocido, o un alguien que le puede ser totalmente ajeno? Si el influir es consustancial a la definición de vínculo, ¿existirá algún tipo de relación humana donde la influencia no tenga lugar o la tenga acotada? La sujeción del grupo es fuerte pero no es inexorable ni universal: el tipo de apronte afectivo del individuo también tiene la palabra en cuanto permite ser influenciado.

Es curioso que Freud no mencione explícitamente en este trabajo esa novedad radical introducido en otros textos: la transferencia, ese vínculo inconsciente, poderoso, que se deja sentir en el presente del lazo pero que proviene del pasado. Freud no dice en el texto si pensaba en la relación analítica como lazo social. En principio surgen dudas: lazo social tiene una penumbra de significados impropios para la relación analítica, como ‘atadura,’ ‘alianza’ o ‘ligadura’, con un trasfondo equívoco de poder y sometimiento.

Pero, en principio la respuesta sería por la afirmativa: se trata de un lazo social al que las condiciones del encuadre limitan a su mínima expresión lo ‘convencional’ del lazo social. Frente a este problema surgieron en el plano de la técnica analítica propuestas inéditas para atenuar sus efectos, como la regla de abstinencia y la de neutralidad analítica. El intercambio se centra en uno de los miembros, el analista preserva su anonimato ‘social’ y evita la ‘sociabilidad’ con su analizando: el encuadre y la posición ética lo sostiene para dar lugar al despliegue de lo esencial del vínculo, la relación transferencia contratransferencia. ¿Pueden estas manifestaciones ser también consideradas componentes del lazo social? Desde luego que sí. El lazo propuesto por el psicoanálisis, su particularidad, su eficacia, su ética está en su antagonismo con el lazo convencional, irrelevante, a menudo hipócrita de la sociedad.

Alejado de la sugestión y de la hipnosis, Freud aplica el concepto de libido para el esclarecimiento del tejido social y de la psicología de las masas. Y de su correlato afectivo, el amor con todas sus variantes. Luego de defender el término añade: “Ensayemos entonces con esta premisa: vínculos de amor (o expresado de manera mas neutra, lazos sentimentales) constituyen también la esencia del alma de las masas” (p. 87). Así la masa parece en Freud cohesionada por una fuerza de dimensiones cósmicas. Que otro poder que Eros, que lo relaciona todo y que induce a sus miembros a resignar su individualidad y a dejarse influir por amor a todos. (p. 88)

Pero toda relación afectiva de amor prolongada e íntima contiene sentimientos de odio y hostilidad, que por estar reprimidos no se manifiestan. Interviene la ‘ambivalencia’ que se explica sin duda por las múltiples ocasiones que unos vínculos tan íntimos proporcionan a los conflictos de intereses. En el odio y la repulsa con el extraño con quien se tiene trato interviene el narcisismo de la persona, que se comporta como si toda divergencia implicase una crítica feroz. “No sabemos porque habría de tenerse tan gran sensibilidad frente a estas particularidades de la diferenciación; pero es innegable que en estas conductas de los seres humanos se da a conocer una predisposición al odio, una agresividad cuyo origen es desconocido y que se querría atribuir a un carácter universal” 8 (p. 97). El narcisismo de las pequeñas diferencias hace estragos. Estas reflexiones se muestran en las actuales manifestaciones acerca del rencor con lo ajeno en el vínculo, la dificultad casi insuperable de tolerar las diferencias, el cuestionable rol del conductor y la utilización de la masa para volcar el odio en lo extranjero. Sorprendentemente, esta intolerancia desaparece por la formación de masa, los individuos se comportan como si fueran homogéneos, toleran la especificidad del otro, se sienten su igual…siempre y cuando sean miembros.

8 Una nota al pie de página incluye la única referencia de este artículo a la pulsión de muerte mencionada en El Más Allá del Principio de Placer.

Cuando se crean instituciones proponiéndose una comunidad de intereses en pos del cual se trabaja para cumplirlos, los miembros que acompañan se agrupan en torno a ideales y creencias que hacen masa. ¿Se tolerarán entre ellos, quedarán libres de conflictos en el trabajo? Freud responde por la negativa y que ni siquiera se produce una restricción duradera del narcisismo. “Según ha demostrado la experiencia, en la cooperación se establecen lazos libidinosos entre los compañeros, lazos que prolongan y fijan la relación entre ellos, mucho más allá de lo meramente ventajoso” (p. 97). Y los lazos libidinosos, más allá de su afecto, aportan su cuota de celos, rivalidad, envidia, etc. A nadie le puede asombrar que las instituciones vivan de conflicto en conflicto, especialmente cuando sus ideales están contaminados por vínculos afectivos. La escisión tal vez sea parte de un posible desenlace.

En el caso Scheber, Freud sugiere una génesis de las pulsiones ‘sociales’ que quedan articuladas al momento homosexual de la libido. Una vez alcanzada la etapa heterosexual, las tendencias homosexuales no desaparecen, sino son desviadas a otros fines, contribuyen a las pulsiones del yo para constituir con ellas, en calidad de componentes apuntalados, las pulsiones sociales y de este modo representan la aportación del erotismo a la amistad, la camaradería, a la sociabilidad y al amor en general a la humanidad. Sobre todo entre varones, amor desexualizado hacia el otro varón, amor homosexual sublimado facilitado por el trabajo en común. La simiente de discordia a la amistad entre varones…

El paranoico revela a contrario, la economía libidinal del ‘sujeto social’. La sutil relación entre homosexualidad, psicosis y lazo social queda planteada desde Schreber. En esta línea, Elías Canetti asoció a Hitler con Schreber 9.

9 Canetti E. Masa y Poder. Alianza Editorial, Madrid, 2013.

Los lazos sociales están expuestos a las vicisitudes de los destinos de pulsión: por obra de la represión primordial, el hombre violenta a la naturaleza y a su naturaleza. El trastorno hacia lo contrario tiene que ver con una concepción de la cultura como infracción de un orden natural (Kant). El componente pulsional del lazo mociona reiteradamente hacia el eterno retorno de lo igual. Que la pulsión cobre una meta pasiva parece ser algo exclusivamente humano con consecuencias. El paso del sadismo al masoquismo documenta una subversión específicamente humana del lazo social. La reacción terapéutica negativa en la cura es una reacción trasmutada asimilable a una suerte de masoquismo. La perversión masoquista aparecería como el paradigma de la cultura humana. La enigmática ‘necesidad de castigo’ y el suicidio corroboran esta desarmonía. Más adelante, serán testimonio de la pulsión de muerte en el lazo social.

Los valores de lo ‘bueno’ y lo ‘malo’ son ordenadores del lazo social en la cultura y otorgan sentido a la experiencia humana. Pero, las categorías son valores ideales, se trastocan y se invierten: el mal será el bien y el bien será el mal. Desde el trasfondo pulsional del lazo social, se vislumbra un panorama sombrío y tenebroso, como de bajo mundo. Quizá apuntando al carácter más originario de lo pulsional en el lazo social (Triebhaft), Freud señala el carácter ominoso y compulsivo de la formación de masa, que sale a la luz en sus fenómenos sugestivos, que puede reconducirse con todo derecho hasta la horda primordial (p. 121).

Luego de establecer como libidinales las relaciones que se establecen en el interior de las masas, Freud se pregunta si este es el único modo de relación afectiva entre individuos. La respuesta es “que existen todavía otros mecanismos de ligazón afectiva: las llamadas identificaciones, procesos que son aún insuficientemente conocidos (p. 98) … y lo siguen siendo. De ahí pasa al Cap. VII, La identificación, el capítulo estelar de la obra por su densidad y profundidad.

La identificación interesa acá especialmente porque describe un mecanismo que aunque enigmático y misterioso, concierne a los procesos de mentalización y socialización más tempranos de la cría humana. Se trata de un proceso inconsciente y automático mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste, tan solo con vincularse con él. Y más aún, originariamente, la personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones que se plasman en rasgos de carácter que involucraran sus lazos sociales. Con el tiempo, la creciente integración de los procesos yoicos le pueden poner un tope a su influencia. Procesos inversos de desidentificación, imprescindibles pero igual de obscuros, dejan espacio para que el individuo recupere cierta autonomía, especialmente a partir de la adolescencia, cuando todos los lazos derivados de las identificaciones tempranas son puestos en cuestión.

La gestación de los lazos sociales comenzó muy temprano, ante todo con la identificación primaria, un retoño de la fase oral cabalística. Especialmente importante porque “La identificación es la forma primera y la más originaria del lazo afectivo” (p. 100). El padre llega por la boca, sin carga de objeto. La relación de objeto con la madre acompaña ese momento y cursa en paralelo, hasta que el lazo con el padre se hace ambivalente. El Yo temprano lo toma como modelo pero también como rival, situación que desembocará en el complejo parental. Estamos en el seno de la familia, donde se producen y moldean los lazos sociales.

La relación con el padre deja una fuerte añoranza por su presencia frente al desamparo que siempre acompaña la vida, que tendrá su destino en lo social. Surgirá un largo camino de reconciliación con el padre, no siempre logrado y una disputa generacional con su inevitable correlato de conflictos que se despliegan con allegados y pares en lo social. La tesis freudiana hace surgir las sociedades humanas a partir de la exogamia. La prohibición del incesto cuyo agente de transmisión es el padre, está en la base de la constitución de los lazos sociales y de las estructuras de parentesco, en el contexto del mito de Edipo y del padre de Tótem y Tabú. Es legítimo presentar al resto de las instituciones sociales, como una formación reactiva al Complejo de Edipo.

Para comprender la fórmula de la constitución libidinosa de la masa, Freud lo ilustra con el ejemplo de las chicas del pensionado: logran mediante una importante comunidad afectiva entre ellas, una sociedad que reside en el modo de ligazón que las unen. Esa comunidad las enlaza porque comparten un mismo apronte afectivo: Uno de los «yo» ha percibido en el otro una importante analogía en un punto (en nuestro caso, el mismo apronte afectivo); luego crea una identificación en este punto, e influida por la situación patógena esta identificación se desplaza al síntoma que el primer «yo» ha producido (p. 101). El apronte afectivo era el sentimiento de culpa inconsciente que comparten por identificación y que luego se desplaza al síntoma en todas, un ataque histérico manifiesto.

Falta consignar que del largo proceso de socialización de la cría humana, el período culminante para generar fuertes lazos sociales es el complejo de ‘intrusión fraternal’’. Da cuenta del paso del complejo parental al ‘complejo familiar’ 10 como lo denomino Freud, cuando se suman otros niños que completan la cuadrilla. Los sentimientos sociales se forman como reacción frente a la envidia incipiente con que el niño mayor recibe al más pequeño. El mayor, por celos, querría desalojarlo, echarlo y hasta desearle la muerte. Pero por el amor a los padres es compelido a identificarse con los otros niños. Donde ahora se impone la ternura, reinó antaño una franca hostilidad. “El sentimiento social descansa, pues en el cambio de un sentimiento primero hostil en una ligazón de cuño positivo, de la índole de una identificación” (p. 115). A su vez, el lazo fraterno será fuente de intensa curiosidad sexual. Conviven en simultáneo una agresividad celosa y una erótica incestuosa.

10 Freud, Lecciones de introducción al psicoanálisis, AE XVI, p. 304.

El espíritu ‘comunitario’ de la sociedad, tan loable y necesario, no desmiente su linaje de base: la envidia originaria demanda de un trato igualitario para todos. Las vivencias con el hermano podrán ir trasformando a la relación inicial especular en un lazo fraterno objetal. Hay lazo social a partir del momento en que se supera la relación dual narcisista. El lazo fraterno, adecuadamente transformado, es una de las salidas a lo social. Luego vendrán las amistades y… las enemistades sociales.

En este tránsito, el narcisismo que originariamente ‘lo abarca todo, que no tiene límites, que es eterno’ se atenúa por la influencia crítica de los padres, maestros, los educadores, la opinión pública. Pero no desaparece del todo, la introyección del conjunto como superyó es otro momento significativo del lazo social, que instala la conciencia moral. El Ideal del yo, aloja los ideales y los nutre del narcisismo remanente. En el capítulo XI, Freud describe un nuevo escenario erigido en el interior del yo y en el cual se instala un doble vínculo: este Ideal tiene un componente individual, que lo satisface o lo defrauda y otro social, una especie de Jano bifronte. Será el ideal común de una familia, de un estamento social, de una nación… y de la institución. “…Así el yo ha conservado su vanidad narcisista” (p. 122). Además, ha ligado un monto importante de libido homosexual, que vuelve al yo. El incumplimiento de ese ideal se libera y si cabe, se sufre como angustia social.

Pero a pesar de todas las restricciones impuestas al yo por su ideal, “La regla es la infracción periódica de las prohibiciones. Lo muestra ya la institución de las fiestas, que originariamente no son otra cosa que excesos permitidos por la ley y deben a esta liberación su carácter placentero…” (p. 124). En la experiencia actual Covid de nuestros días se denominan ‘fiestas clandestinas’, prototipo de lo que la cultura prohíbe e hipócritamente autoriza.

El lenguaje es un componente esencial del lazo social, un vehículo cuya función es especialmente la comunicación. Los significantes verbales del lenguaje comienzan tempranamente a simbolizar las experiencias que acontecen en los lazos tempranos y se ligan a las representaciones palabra, consensuadas con los significados compartidos por la cultura. Cuando la amalgama no ocurre, se abre el espacio para la psicosis y quede afectado el lazo social. Freud en este texto no incluyó comentarios sobre el lenguaje, salvo uno en el que da por sentado que se trató de una genial creación colectiva (p. 79).

No hay ontogenia sin filogenia. Pensar el lazo social desde el psicoanálisis envía a los orígenes de su constitución y encuentra sostén en la tesis de que la identificación al padre es el elemento de ligazón de la masa, al mismo tiempo que se erige como el sostén libidinal de la sociedad. A partir de esta afirmación, cabe poner de manifiesto que las nociones de totemismo, Padre y Ley, se encuentran en el cimiento originario que estructura las diferentes organizaciones sociales que encuentran vigencia en la actualidad. La tesis acerca de la horda primitiva, la prohibición del incesto y el asesinato del padre, constituyen el punto básico de esta intelección, ya que representa el centro del abordaje freudiano acerca del fundamento social y la estructura libidinal del lazo social.

El padre aparece como condición de posibilidad necesaria para la constitución del lazo que da origen a la comunidad y el orden simbólico en el que se inscribe el sujeto. Para Freud, el centro de gravedad de su planteo reside en al acto del asesinato que será re-significado a posteriori. El padre, símbolo y representante de una prohibición, adquiere su eficacia en un momento posterior, en obediencia al nachträglich freudiano. Podemos decir entonces, que el acto de dar muerte no mata al padre, lo funda en su poder. He aquí la explicación freudiana del pasaje de la naturaleza a la cultura.

Algo siniestro del origen colectivo sigue trabajando y en cada generación remueve las huellas de un suceso primordial. Es el momento del enfrentamiento generacional. No hay en la historia de las instituciones un trascurrir sereno sin un cisma, un acontecimiento, una ruptura, … un asesinato, aunque más no sea simbólico.

Un lazo de amistad: Freud-Fliess

Según Freud todos los vínculos indagados por el psicoanálisis tienen derecho a reclamar que se los considere “fenómenos sociales”, incluso con el amigo. Para su consideración, se puede tomar el lazo de amistad que él y Fliess mantuvieron durante años y examinar una de las tantas cartas que Freud le enviara a Fliess en la cumbre de su apasionamiento, no lejos de su funesta terminación. En la carta 215 11, Freud, entre otros asuntos, le recuerda a Fliess uno de sus sueños más famosos, el Non vixit, que figura en el libro de los sueños 12. En ese lugar, Fliess aparece citado innumerables veces en las asociaciones de Freud, donde este hace muchos comentarios referidos a la amistad.

11 Freud, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Carta 215 (p. 409). AE, Buenos Aires, (1986).
12 La interpretación de los sueños, AE V, p. 421 y sig.

En la carta, Freud le comenta que está de vuelta en casa, frustrado porque no pudo ver a su amigo (Fl) pero lo bien que le hace recibir cartas de él, “una especie de sustituto de nuestro encuentro arruinado”. Pero le pide que se deje de ocupar de los muertos y se acuerde más a menudo del vivo 13. Ha estado de muy mal humor, con migraña, presuntamente asociada a la corrección del libro de los sueños. Le comenta: “…Tengo una estimación por la belleza como una especie de perfección, y las frases retorcidas, ufanas en sus giros indirectos que miran de reojo al pensamiento de mi escrito de los sueños, han afrentado gravemente a un ideal que vive en mí”. Está desilusionado con su redacción. Evoca la sinceridad mutua en su lazo de amistad con Fliess: “Tu lo habrás notado y siempre hemos sido demasiado honrados uno hacia el otro como para que debamos fingir algo entre nosotros”. Le apena encargarle “a su más querido y mejor lector” más trabajo de corrección. “Pero desdichadamente no puedo prescindir de ti, del representante del “otro”.

13 Presuntamente, una alusión a los estudios genealógicos de Fliess.

En pocas líneas, Freud expresa su desilusión y se reprocha por no estar a la altura de sus exigencias como autor para calmar sus ideales de redacción. Soporta una autocrítica cruel que afecta su autoestima por no alcanzar un nivel estético de perfección con lo escrito. Recurre a su amigo para demandarle de manera ‘exclusiva’ un aporte de consuelo de su más querido ‘otro’, de quien confiesa no puede prescindir, a cuenta de la fuerza del ‘lazo’ de amor en el vínculo.

Unas poco más adelante, la carta cambia de tema: comenta que estaba por recibir una nueva paciente, a quien, pese a ser un buen partido, no sabía si aceptar o rechazar: “También del ingreso depende mucho mi ánimo. Dinero es ‘gas hilarante’ para mí. Desde mi juventud sé que los caballos salvajes de las pampas que han sido capturados a lazo quedan asustadizos de por vida. Así, yo he conocido la pobreza desamparada, y no dejo de temerle. Verás que mi estilo mejora y mis ocurrencias se vuelven más certeras si esta ciudad me da de vivir más abundantemente”.

La consulta le evoca la imagen de un perjuicio sufrido en la infancia: ‘la pobreza desamparada’. A los 43 años y en camino al pleno reconocimiento profesional, no deja de temerle, todavía atemorizado por aquella experiencia temprana que logró asustar al niño ‘salvaje’. El pujante despliegue libidinal infantil le ha sido ‘capturado a lazo’. Se instaló tempranamente y perdura toda la vida. Ahora, de los ingresos depende no solo atenuar el temor a la miseria, sino mejorar su estado de ánimo: el dinero le inyecta júbilo y le permite escribir mejor, es gas hilarante 14. Freud no tiene a quien culpar del desamparo, sino espera que Viena lo compense (darle de vivir —de comer— en abundancia). Se queja de haber sufrido una falta y exige una eventual reparación de la ciudad con trabajo y dinero.

14 Gas hilarante o gas de la risa: su inhalación produce una sensación de bienestar y euforia suave, confusión, pérdida del control motor, en ocasiones alucinaciones leves y, lo más interesante, una acción analgésica y sedativa.

Sobre el final, la carta hace un giro: le anuncia que le va a enviar más material del libro para corregir. Una referencia destaca el componente transferencial con Fliess: “Es asombroso cuan a menudo apareces tú. En el sueño ‘Non vixit’ me alegro de haberte sobrevivido”. Justamente en esa parte del libro Freud cuenta varios sueños que aluden a Fliess 15. Como despedida saluda a esposa e hijos…

15 En otro sueño en que aparece Goethe, Freud cuenta que Fliess había recibido una crítica feroz por una reciente publicación, considerada ‘una locura’. En su análisis Freud, identificado con Fliess, se preguntaba si su teoría sobre la sexualidad no era también una locura, si los dos no eran locos o quien de los dos lo era (Freud IV, p. 438).

Vale la pena ahora pasar al relato y la interpretación que Freud hace del sueño, las referencias a Fliess y sus comentarios sobre la amistad. Las notas siguientes se refieren solo a estos temas, quedando afuera el resto del muy valioso material onírico.

El contenido del sueño es el siguiente: Fliess ha llegado a Viena en Julio (nunca había estado en Viena en Julio) y Freud lo encuentra hablando con P, un colega rival y amigo de Freud, (ya difunto). Fliess le pregunta a Freud cuantas de sus cosas le contó a P. y Freud quiere responderle que P. nada puede saber porque “no está con vida” (Non vivit), en su lugar dice: “No ha vivido” (Non vixit). Freud se da cuenta de su error, mira a P. y bajo su mirada fulminante la imagen de P se disuelve. “Ello me da una enorme alegría…comprendo que era solo un, resucitado y hallo enteramente posible que una persona así no subsista sino por el tiempo que uno quiere, y que pueda ser eliminada por el deseo del otro”.

La ‘ocasión’ de este sueño se señala más adelante (p. 477): Su amigo Fliess debía someterse a una operación, Freud quería visitarlo pero temía no llegar a tiempo para verlo con vida, llegaría demasiado tarde, y “que por eso sufriría eternos reproches”. Quien le dio la noticia del amigo le pidió que no la comentara con nadie, cosa que a Freud lo ofendió.

Recordó del pedestal de un monumento al Emperador José, visitado unos días previos al sueño, unas palabras de homenaje. De esa inscripción sacó lo que le convenía a la serie hostil de sus pensamientos oníricos: Non vixit “El tipo no está para contar el cuento, el no está con vida” Y en la carta a su amigo Fliess: “Yo te he sobrevivido”.

La advertencia recibe refuerzos de fuentes profundas, infantiles “…y así crece una corriente de emociones hostiles hacia personas que en realidad yo amo” (p. 479). “Ya he contado [cf. págs. 424-5] que tanto mis calurosas amistades como mis enemistades con personas de mi edad se remontan al trato que tuve en la niñez con un sobrino un año mayor que yo, en el que él era el que triunfaba y yo muy temprano debí aprender a defenderme; éramos inseparables y nos amábamos, pero entretanto, según lo sé por el testimonio de personas mayores, reñíamos y nos acusábamos. Todos mis amigos son en cierto sentido encarnaciones de esta primera figura que «antaño se mostró a mis opacos ojos»; son resucitados.”

Cuando temía por la muerte de Fliess se consuela: “Nadie es insustituible”. Semejante pensamiento, en momentos en que imaginaba que su amigo [Fliess] ya no se contase entre los vivos si él llegaba tarde, sólo admitía este desarrollo: que lo alegraba sobrevivir de nuevo a alguien, que él no esté muerto sino el amigo. Esta satisfacción, proveniente de lo infantil, por haber quedado dueño del terreno cubre la parte principal del afecto recogido en el sueño.

“Un amigo íntimo y un enemigo odiado fueron siempre los requerimientos necesarios de mi vida afectiva; siempre supe crearme a ambos de nuevo, y no rara vez ese ideal infantil se impuso hasta que amigo y enemigo coincidieron en la misma persona” (p. 479).

¿Por qué en Julio? Es asombroso encontrar que, dos años antes, en el comienzo de su autoanálisis en una carta anterior a Fliess le había dicho: “…yo había recibido a mi hermano varón [Julio] un año menor (muerto de pocos meses) con malos deseos y genuinos celos infantiles, y que desde su muerte ha quedado en mí el germen para hacerme reproches…mi sobrino y este hermano menor determinaron lo neurótico, pero también lo intenso de todas mis amistades” 16.

16 Carta 141 a Fliess del 3/10/97.

Ahora bien, los ‘resucitados’ son las sucesivas encarnaciones del amigo de la infancia; así pues, también se siente satisfecho por haber podido encontrar siempre sustitutos para esa persona, y aun para ese que ahora está en trance de perder podrá hallarle enseguida el sustituto. Nadie es irremplazable.

En las asociaciones al sueño, menciona que ha perdido muchos amigos queridos, unos por la muerte, otros por la ruptura de los lazos de amistad; y es suerte que los haya remplazado, que haya ganado otros que pudiera significar más de lo que pudieron significar aquellos, y que ahora, a la edad en que no es fácil ya trabar nuevas amistades, conserve la suya para siempre: “Me es permitido retomar intacta en el sueño la satisfacción por haber encontrado este sustituto para los amigos que perdí, pero tras ella se cuela la satisfacción inamistosa que procede de la fuente infantil. La ternura infantil con seguridad contribuye a reforzar la ternura hoy justificada; pero también el odio infantil se facilitó su camino en la figuración”.

En su interpretación aparecen deseos de muerte al competidor y el alivio omnipotente “Me alegro sobrevivir de nuevo a alguien, que yo no esté muerto sino él, que yo quede dueño del terreno como entonces…” (p. 481). Traducido como deseo del hijo al padre: ahora, después de tu muerte, vivo y estoy en condiciones de hacerme cargo de mí mismo. En el trasfondo de este relato, se vislumbra en el lazo de amistad con el amigo, un vínculo infantil ligado a la muerte temprana de su hermano Julio, la relación conflictiva con su primo John, su vínculo competitivo con su amigo Fliess y en última instancia con el padre: pueden persistir los temores a la pobreza, le rondan los eternos ‘apremios de la vida’ pero ha sobrevivido, ahora puede sostenerse a sí mismo y prescindir del objeto de amparo, a quien da ‘por muerto’. “En realidad, nadie es insustituible; a cuántos he acompañado a la tumba, y yo sigo viviendo, los he sobrevivido a todos, he quedado dueño del terreno”. (p. 481)

Posible elaboración y consuelo en el lazo paterno filial y sus efectos sobre un lazo de amistad: esta carta preludia los serios conflictos que se hicieron manifiestos meses después y que poco más tarde llevo la relación con Fliess a su penosa terminación.

La carta muestra la multiplicidad de enlaces afectivos contenidas en un vínculo de amistad: el intercambio de expresiones de cariño y de amor, de demandas y reclamos insatisfechos, de temores y de deseos de muerte, de culpa y alegría por la sobrevida. De la necesidad de apelar al otro para ser consolado cuando su propia autocrítica lo desalienta y le genera desánimo. Quizá también un anuncio premonitorio de la inminente ruptura del lazo. Se despliegan como en un escenario onírico con una variada diversidad de elementos afectivos actuales y pasados, manifiestos y ocultos, configurando al decir de Freud, el vínculo de amistad, como todo tipo de vínculo, con todos sus matices, como un fenómeno social.

Un lazo paterno-filial en una colectividad étnica

Los miembros de una familia, una clase social, una comunidad, una institución, comparten ideales, creencias y conductas que cuando están nutridos de narcisismo se tornan poco menos que inexpugnables. La pertenencia de los miembros sufre sujeciones psicológicas y emocionales desconocidas para ellos y que ejercen una coerción enorme sobre sus vidas, sus ideas, sus afectos, sus decisiones personales. Son creencias, conductas, posturas ideologías que ‘masifican’ al grupo vía lazos sociales portadores de identificaciones recíprocas y un Ideal del yo compartido. La tradición, las costumbres y los mitos que se van pasando de generación en generación aportan el resto.

Un trabajo presentado recientemente en el IUSAM de APdeBA 17 ilustra la situación. La investigación describe el significado histórico cultural de la figura del ‘estudiante viajero’ en la cultura china tradicional, el liu-xue-sheng 18 cuyos efectos han llegado hasta los jóvenes de recientes generaciones. Analiza la dinámica vincular de las familias de los jóvenes, los motivos que mueven a tomar la decisión de enviar solos a los menores a estudiar lejos del hogar, y particularmente las expectativas, necesidades y deseos depositados en el viaje. Se estudió la fuerza milenaria que en el pueblo chino tiene el emprender viajes al exterior, ilusionados con mejorar su situación vital y lograr un retorno exitoso para la familia de origen.

17 Lee Chia Lan (Orquídea). El viaje de estudio al extranjero de los jóvenes chinos en la actualidad: sus manifestaciones, significados e impacto, Tesis de Maestría IUSAM, 2015. Director de Tesis: Héctor Ferrari.
18 Al joven chino que viajó lejos de casa para estudiar se lo llama liu xue sheng.

En las últimas décadas las familias chinas más ricas han redoblado el envío de sus hijos menores a Europa y USA, a centros educacionales de sumo prestigio, sosteniéndolos económicamente pero dejándolos solos en el lugar por largo tiempo. La decisión del viaje la toman los padres, el abuelo interviene, pero al hijo no se lo consulta. El lazo paterno-filial se define así: “Un hijo es siempre un menor mientras sus progenitores viven, sin importar la edad que tenga. Este rol se ancla en una red social que prescribe sus derechos y obligaciones como ‘un miembro menor’. Un hijo tiene derecho de ser atendido y cuidado por sus padres, a su vez tiene la obligación de obedecerles… a la edad que sea”. Una pareja china muchas veces no logra educar a su hijo a su antojo ya que, ellos mismos, como hijos, deben obediencia a sus propios padres. De este modo, los abuelos tienen votos decisivos sobre los asuntos que conciernen a sus nietos.

Estas creencias sirven de base para entender el viaje de los pequeños estudiantes, no como un deseo personal e individual, sino como un proyecto de la familia, que es de suma importancia para el cumplimiento de una promesa centenaria, incubada en un contrato narcisista que los trasciende. Lo que respalda este tipo de lazo familiar es una creencia fuertemente enraizada en la cultura china, la llamada piedad filial, al parecer una de las ideas originarias del pensamiento de Confucio. Se refiere al respeto y amor que deben ejercer los hijos hacia sus padres, la bondad y la disposición hacia los mayores de la familia, esto incluye no hacerlos caer en vergüenza, una de las representaciones de la moral. En China, la piedad filial es un concepto milenario muy respetado en la cultura.

Como en otras agrupaciones, los miembros de la comunidad china están identificados recíprocamente por un lazo paterno-filial tradicional que se trasmite de generación en generación. Esa parte de la sociedad se organiza ‘espontáneamente’ en torno a ideales ancestrales que se depositan en la educación de los jóvenes y niños pequeños: buscar su ilustración y formación en un lugar de excelencia. La decisión es fuertemente sostenida por la figura del amor filial: “tradición china de que los hijos deben retribuir a sus padres, agradeciéndolos, cuidándolos, obedeciéndolos y amándolos incondicionalmente.”

Las consecuencias para el joven cuando llegan al extranjero son previsibles para muchos de ellos: crisis, depresión, aislamiento social, fracaso escolar e intenso sufrimiento. A veces la madre se opone, pero la decisión asumida por el lazo paterno filial es inamovible. El narcisismo es el sostén de estas creencias que se vuelven impermeables a la crítica o a las decisiones personales. Muchos jóvenes chinos pagan el precio del desarraigo con un sufrimiento anímico muy profundo. La clínica detectada por el estudio es significativa. Los efectos sobre la identidad personal son reveladores: no importa donde esté el liu xue shen, no es ni chino ni exiliado.

El ejemplo muestra un estilo de lazo paterno-filial compartido por un colectivo social, estructurado de manera rigurosa, inflexible y vertical, que se reitera a través de sucesivas generaciones y que impone un perfil de educación filial poco menos que inamovible. Podría conjeturarse que esta conducta colectiva, coercitiva, muestra en alto grado un carácter pulsional (Triebhaft) que denota falta de autonomía e iniciativa propia en los padres de cada generación para repetir un libreto reiterado que pasa de generación en generación. Estos padres actualizan una situación originaria que compone una “psicología de masas”. El resultado lo expresa Freud: “…cuan dominados están los individuos por aquellas actitudes de un alma de las masas que se presentan como propiedades de la raza, prejuicios del estamento, opinión pública, etc.”

Para explicar la fuerza con que se coaligan los colectivos humanos, sea una familia, un grupo o una comunidad, no es necesario recurrir a la noción de un ‘inconsciente colectivo’ 19. Freud lo descarta pensando que es un pleonasmo, algo redundante. Quiere además decir que no hay un sujeto de lo colectivo, ni en las masas ni por cierto en las familias. El inconsciente declina en singular, aunque abarca lo colectivo social por la vía de un Ideal que es colectivamente compartido en un Yo que ha conservado su antigua vanidad narcisista (p. 122). Quizá de ahí provenga su fuerza…

19 Psicología de las masas y análisis del yo, AE XVIII, 86.

Comentarios con final abierto

Lazo social es una categoría conceptual ampliamente utilizada por distintas disciplinas, cada una de las cuales le aporta un diferencial propio: psicológico, social, político, económico, etc. Comparten una definición básica, que remite a la unión entre los individuos y a las diferentes formas que asumen una identidad común y un quehacer social. Todas las disciplinas que han utilizado el término han aportado importantes conocimientos al tema. También surgieron intentos recientes desde el psicoanálisis de trabajar el término. Lacan lo introdujo en sus seminarios y sus discípulos se siguen ocupando del tema 20.

20 Lacan, J. (2002). El Seminario. Aun. Libro 20. Buenos Aires: Paidós.

El uso de lazo social, salvo excepciones, tiende a caer en un problema de base: aparece como un término que intenta ‘ligar’ el individuo con ‘la sociedad’, cerrar con palabras un viejo problema epistemológico. En general reitera la dualidad entre el interior individual y la exterioridad social a la que se pretende asociar. Reproduce la diferencia al mismo tiempo que parece superarla. Pero no hay superación ni relevo. Los individuos son sociales por estar vinculados con otros, aun en soledad. Tampoco se concibe una sociedad sin individuos. Lazo social destinado a enlazar dos entes, resulta ser, como figura retórica. un pleonasmo.

A partir de esta escisión, difícil de superar, se tiende a caer en la vieja dicotomía: los fenómenos sociales son pensados a punto de partida del individuo o de lo social. Por ejemplo, la tesis según la cual los fenómenos sociales se explican por causas sociales y no individuales, es una constante del pensamiento de Durkheim. En esta línea, llega a hipostasiar un ‘alma de las masas’. Por el contrario en Rousseau, la sociedad está compuesta por individuos que se juntan para instituir lazos sociales.

Como fuera señalado, Freud no utilizo el concepto, pero parece aludir a este binarismo encubierto cuando señala que toda psicología es social o que todos las relaciones humanos son fenómenos sociales (ver supra).

En Psicología de las masas Freud sortea este encierro porque evita priorizar tanto al individuo como a lo social para posar su mirada en los múltiples elementos que los enlaza. Para la mayoría de los estudios en vigencia, el individuo que compone un lazo social es indivisible y de identidad única. Para Freud, la vida anímica del individuo se compone de instancias o sistemas que establecen un escenario grupal, desde donde distintas partes se vinculan entre sí y con el otro. Esto instituye al lazo social como un tejido de múltiples enlaces afectivos. Y donde el individuo es más divisible de lo que parece…

Es decir, Freud abrió el lazo a la complejidad y se ocupó de los vínculos humanos con una variedad de términos de significados parecidos, que le permitió apuntar a la diversidad, ubicuidad y complejidad de los mismos. Incluyó enlaces primordiales y mecanismos identificatorios que operan como soporte libidinal y significante en su valor instituyente del sujeto y de los grupos. La mirada está puesta en la relación, en el vínculo, más que en los ‘entes’ a los que une, porque individuo y sociedad están por definición incluidos en el lazo que los abarca.

Por otro lado, los objetos enlazados no están necesariamente adentro o afuera, transitan los límites desde adentro hacia afuera o desde afuera hacia adentro. Como ejemplo, el Yo del individuo, por identificación se pone en el vínculo en el lugar del otro o pone al otro en su lugar. El entramado de la masa es múltiple: el individuo se vincula con el líder como su ideal e incorpora a los otros que le son socialmente ajenos, porque entre todos comparten el mismo ideal. Nada deja de ser vincular y nada deja de ser social.

Si se abre la complejidad de su entramado constitutivo, el lazo social puede fundar un dispositivo apropiado, no sólo por su mención de lo social, sino porque reconoce lo que habitualmente se suele omitir en él: la profundidad inconsciente, el dispositivo afectivo que contiene y la variedad de significados que lo recorren. Considerado de esta manera, el lazo social puede aportar un concepto interesante posible de ser trabajado en psicoanálisis.

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Resumen: Los seres humanos, tras un tremendo magnicidio ocurrido en tiempos primordiales y ‘sepultado’ en la memoria, pero cuyos efectos aún se hacen sentir, se organizaron para convivir en una estructura que denominaron sociedad. Los fenómenos que se manifiestan en esa organización se denominan sociales. La representación lazo social reviste interés fundamental por ser uno de los tropos consagrados para designar la vida en común, Las ciencias sociales se han ocupado prioritariamente del tema del lazo social. A las relaciones que los individuos entablan entre ellos Freud las señaló como la mayor fuente de infelicidad del colectivo humano. Se dedicó especialmente a ellas con términos similares pero no hizo mención al lazo social. Vale la pena reconsiderar la relación entre lazo social y psicoanálisis. Por ese motivo este trabajo realizó un recorrido acotado sobre el vasto mundo de los lazos sociales revisitando Psicología de las masas y análisis del yo. Se comentan dos ejemplos de lazo social. Como resultado de esta indagación, se señala que la inclusión de esta figura en psicoanálisis supone ampliar y revisar su significado en función de los necesarios aportes freudianos, tal como se revela de la lectura de Psicología de las masas y análisis del yo.

Descriptores: Lazo social, Psicoanálisis, Amistad, Masa, Ideal del yo.

Social bonds and psychoanalysis. Revisiting Mass psychology and ego analysis

Abstract: Human beings, by an assassination happened and ‘buried’ in times immemorial and still producing effects in each generation, organized their relations to live together in a structure they called society. The phenomena that manifest themselves in that organization are called social. Social bonds notion is of fundamental interest in being one of the tropes dedicate to designate sharing life in common. Freud pointed out to them as the greatest source of unhappiness of the human race. Social sciences have dealt primarily with the issue of social bonds. Freud devoted himself especially to them on similar terms but made no mention of social ties by its name. It is worth reconsidering the relationship between social bonds and psychoanalysis. For this reason this paper made, on the vast world of social ties, a well-covered journey revisiting Mass Psychology and ego analysis. Two examples of social bonds are presented. As a result of this inquire, it is suggested that to include the figure of social bonds in psychoanalysis, will require to widen and review its meaning, to include the necessary Freudian contributions as it was revealed by the lecture of Mass psychology and analysis of the ego.

Descriptors: Social bond, Psychoanalysis, Friendship, Mass, Ego ideal.

Referencias

Canetti, E. (2013). Masa y Poder. Madrid: Alianza.
Durkheim, E. (1897) El suicidio. Madrid: Akal.
Freud, S. (1986). Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Carta 215 (p. 409). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.
. (1900). La interpretación de los sueños. AE V (pp. 421 y sig.). . (1908). La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna. AE IX.
. Lecciones de introducción al psicoanálisis. AE XVI (p. 304) . (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. AE XVIII.
. (1921). El yo y el ello. AE XIX (p. 25). . (1939). Moisés y la religión monoteísta. AE XXIII.
Lacan, J. (2002). El Seminario. Aun. Libro 20. Buenos Aires: Paidós.
Le Bon, G. (1895). Psicología de las multitudes. México: Nacional.
Lee Chia Lan (Orquídea). (2015). El viaje de estudio al extranjero de los jóvenes chinos en la actualidad: sus manifestaciones, significados e impacto. Tesis de Maestría IUSAM.
Rousseau, J. J. (1918). El contrato social. Madrid: Brontes.


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