2021: AMISTAD - Vol XLIII nº 1 y 2

Luis Kancyper: Médico psicoanalista, fue miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Autor de numerosos artículos de clínica, metapsicología y técnica psicoanalíticas, publicados en las principales revistas internacionales de psicoanálisis.

Freud esbozó una tópica, es decir, una teoría de los lugares psíquicos. En un primer momento, en la época de La interpretación de los sueños (1900) propuso una distinción tripartita entre lugares psíquicos: lo consciente, lo preconsciente y lo inconsciente. A esta primera tópica, le sucedió veinte años más tarde una segunda tópica, igualmente fundada en una tripartición: Superyó, Yo, Ello. El Yo se encuentra tironeado entre dos instancias contradictorias que lo someten a mandatos inconciliables: el Ello que incita a gozar y el Superyó que lo prohíbe. Esta segunda tópica no es incompatible con la primera y es posible superponerlas, pero cada una habla bastante, por su existencia misma, de la insuficiencia de la otra.

Ahora bien, propongo la inclusión en la segunda tópica freudiana de un nuevo lugar psíquico dotado de características y funciones diferentes que puede ofrecer una representación figurada sobre un modelo antropomórfico de la persona del amigo como un objeto interno auxiliar y complementario de las otras tres instancias psíquicas dentro de una concepción a la vez tópica, dinámica y estructural del aparato psíquico.

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* El texto que presentamos pertenece al libro de L. Kancyper Amistad: una hermandad elegida (cap. 1), Buenos Aires: Lumen, 2014.

El amigo como objeto interno —resultado de un sistema complejo de procesos identificatorios y desidentificatorios de los objetos endogámicos— sustituye, compensa, atempera y contrarresta como objeto exógamo y secundario las privaciones, castraciones y frustraciones por falta o por exceso provenientes de los objetos originarios.

Además, favorece el acto de la confrontación del adolescente con sus padres y hermanos, al posibilitar el desasimiento de las figuras parentales y fraternas que representa, según Freud (1908), “una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas del desarrollo humano”. Se sitúa topológicamente al lado del Yo y posee una significación funcional relevante en la relación intrasubjetiva: opera como un aliado que hospeda y acompaña al sujeto en los momentos de soledad y en las tribulaciones de la vida.

Señalo que el amigo se localiza en el campo intrasubjetivo al lado del Yo para diferenciarlo precisamente de la posición vertical surgida a partir de la tensión proveniente de las aspiraciones incumplidas de un Ideal del yo insatisfecho en relación con un Yo atormentado; y de la instancia del Superyó que, en sus aspectos feroces, opera desde arriba como un juez severo que controla e impone castigos y necesidades de expiación. Sin embargo, no debemos olvidar que el Superyó no se limita en sus funciones sólo a obrar como un caldo de cultivo puro pulsión muerte, sino que ejerce también funciones benévolas de protección.

Paralelamente a la función tópica, hay que reconocerle al amigo en el campo intrasubjetivo una función dinámica y económica: la naturaleza abiertamente conflictiva de la presencia de un otro sí mismo no consanguíneo favorece la conservación de sentimientos ambivalentes de amor y odio anudados a los inescindibles juegos de poder, cuya vuelta a la conciencia se halla en muchos casos censurada.

El amigo, ese otro-sí mismo no consanguíneo, posee además funciones estructurantes y defensivas: posibilita suplementar y compensar funciones edípicas y fraternas fallidas y elaborar los remanentes endogámicos del sujeto y su salida a la exogamia, a la socialización y a la creatividad. Así opera como un otro Yo que reconoce y consiente las diferencias que se recortan de lo semejante, entablando con él un encuentro empático y horizontal en las relaciones intrasubjetivas e intersubjetivas. Señala Albert Camus:

No camines delante de mí, puede que no te siga.
No camines detrás de mí, puede que no te guíe.
Camina junto a mí y sé mi amigo.

El amigo refuerza y enriquece la identidad del sujeto y además, al cuestionarlo en sus supuestos saberes y certezas y al introducir una pregunta por ellas, abre la posibilidad de cierta separación, la creación de un “entre”, dentro del funcionamiento psíquico del sujeto, lo cual posibilita contrarrestar la perentoriedad impuesta al Yo por sus huéspedes agitados: el Ello, el Superyó, el Ideal del yo, el Yo ideal, y la provenientes de las demandas creadas por la realidad exterior.

En este sentido, el estado de la amistad intrasubjetiva opera como una barrera a la dislocación del sujeto, lo que favorece una relación de confianza y profundidad en la integración de su sentimiento de sí y, además, preserva un espacio entre el Yo y este otro amigo, quien no fascina ni adula, pero lo acompaña, desdramatiza, disiente y ayuda a la vez.

Real y efectivamente, el amigo celebra —tanto en las relaciones intrasubjetivas como en las intersubjetivas— el acontecimiento de un diálogo de recíproca hospitalidad con ese otro no consanguíneo, que introduce en el sujeto la fuerza de un deseo más bien exógamo, dirigido hacia lo desconocido, lo nuevo.

El amigo ejerce una función estructurante: posibilita al Yo, como instancia que se erige en representante de los intereses de la persona, volver a instalarse y a enriquecerse en su propio territorio; asimismo, le permite anclaje y descanso. En el diálogo intrapsíquico entre el Yo y el otro sí mismo aliado y extranjero, el sujeto construye lazos solidarios y confiables con las tres instancias psíquicas de la personalidad.

Recordemos lo ya señalado por Erasmo de Róterdam (1469-1536) hace seis siglos:

“La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno”.

Lejos está ese silencio de constituir un ocultamiento, un secreto. Más bien es la reafirmación de la experiencia vital de la soledad, que la presencia del amigo hace soportable y fecunda (2010, p. 87) en ambas realidades, la psíquica y la externa.

A continuación, describiré el reverso del vínculo solidario de la amistad: aquél en que un sujeto mantiene con su otro sí mismo en la realidad psíquica un vínculo atormentador de extrema enemistad y abominación. Lo ilustro a través del poema Verdugo de sí mismo de Charles Baudelaire, y del texto de Jean Pontalis Un lugar en el que yo no esté.

EL HEAUTONTIMORUMENOS (Verdugo de sí mismo)

He de golpearte sin cólera,
igual que Moisés la roca,
hasta que brote de tus párpados
el agua para mí boca…
Soy la herida y el cuchillo,
soy el esclavo y el yugo,
el penado y la prisión,
la víctima y el verdugo.
De mi propio corazón
condenado a ser vampiro,
y a reír sin más razón.
Risa que al fin es suspiro.

En Un lugar en el que yo no esté (2011) Jean-Bertrand Pontalis narra el tema de la enemistad en la dinámica intrasubjetiva en un analizante, por la tensión generada a partir de la presencia de un otro ominoso intrapsíquico, un otro sí mismo enemigo que continúa socavando, sin tregua y con crueldad, los cimientos del sentimiento de la propia dignidad de un sujeto devastado en su realidad psíquica y que “Aspira a una sola cosa: tomarse unas vacaciones de sí mismo”.

El hombre sufre de una depresión grave. El hermano menor, quien es también su mejor amigo —eso ocurre—, le propone mudarse al chalet que mi paciente posee en la Alta Saboya, por el tiempo que él quiera. “Serán como unas vacaciones. Pasearemos los dos, nos bañaremos en los torrentes, como antes cuando tú me llevabas a mí, ¿te acuerdas?”.

“Te lo agradezco, eres realmente muy amable, pero ¿sabes?, tendrías que enviarme a un lugar en el que yo no esté”. Nunca antes había oído unas palabras tan fuertes, tan verídicas, por parte de un deprimido. Su propia compañía es lo que se le ha vuelto insoportable. Si encontrara un lugar en el que él no estuviera, entonces, quizás, cesarían sus tormentos. “Por fin ya no estoy ahí, conmigo”. Aspira a una sola cosa: tomarse unas vacaciones de sí mismo (p. 88).

La experiencia clínica nos ilustra acerca de una escisión marcada de este par de opuestos amigo/enemigo en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva.

En el poema de Baudelaire, se torna visible una perversa y tensa enemistad en el escenario psíquico erigido en la dinámica de la intrasubjetividad; mientras que en el relato de Pontalis se hace audible, de manera despiadada, el accionar destructivo de la silente pulsión de muerte que llega a atomizar cierta esperanza necesaria para poder efectuar un cambio psíquico. Así, revela la pérdida de toda ilusión, se manifiesta roído por la desesperanza, pudiendo llegar al extremo de un acting suicida por desesperación.

En casos de depresión menos severos suele presentarse una escisión en el ejercicio y despliegue de la amistad: una actitud de enemistad con el sí mismo propio y en cambio una amistad leal, confiable y sostenida en el tiempo con los otros. En efecto, ciertos analizantes suelen celebrar una solidaridad marcada y hasta reactiva con el prójimo, pero por otro lado pueden configurar, en la dimensión intrasubjetiva, un vínculo de hostilidad e intolerancia, lo que genera efectos deletéreos en el sentimiento de la propia identidad (Selbstgefühl) y así condena al sujeto a permanecer detenido “en el delirio de insignificancia y en la autodenigración” (Freud, 1921, p. 125).

Otra escisión del par amigo/enemigo en estos analizantes suele mantener un nexo íntimo con el par de dos afectos opuestos crueldad/compasión e indiferencia/compasión. Por ejemplo, ciertos sujetos suelen manifestar hacia los animales una marcada amistad con honda compasión; y por otro lado un funcionamiento psíquico opuesto en las relaciones interpersonales comandado por una cruel enemistad y/o indiferencia. De esta manera, los dos funcionamientos mentales disociados favorecen que se perpetúe una escisión de las corrientes afectivas de la crueldad y de la compasión en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva.


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