Walter Romero. Doctor en Letras por la UBA. Presidente por dos mandatos de la AALFF (Asociación Argentina de Literatura Francesa y Francófona). Es Profesor Adjunto Regular a cargo de la cátedra de Literatura Francesa en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Es director del Instituto de Investigación en Humanidades Dr. Gerardo H. Pagés (CNBA/UBA). Integra el Comité de Tesis de la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF. Es profesor del Seminario de Traducción Teatral en CENTRALIT/UBA (Maestría de Traducción Literaria) y de la Maestría en Humanidades Aumentadas de la UNR. Es profesor titular del Colegio Nacional de Buenos Aires (UBA). Tradujo y/o prologó textos de Racine, Maupassant, Apollinaire, entre otros. En poesía ha publicado Estriado y El niño en el espejo. Parte de su obra ensayística está compilada en Escrituras del Otro en autores de la literatura francesa (comp.) y en su Panorama de la literatura francesa contemporánea (Santiago Arcos, 2012). Sus estudios sobre traductología se incluyen en Traducir Poesía (Paradiso, 2014).
En una suerte de libre tetralogía sobre el sexo, el escritor francés Pascal Quignard (1948) completa, con su reciente Complementos a la teoría sexual y sobre el amor, un ciclo que integran El sexo y el espanto (1994), La noche sexual (2007) y Angustia y belleza (2018), a modo de estudio étimo-fenomenológico sobre la sexualidad humana y los modos particularísimos en que el lenguaje y la literatura nombran, en muchos casos, lo innombrable del deseo humano: esa zona liminar, éxtima por ser tan íntima, de un territorio que la contemporaneidad recupera, entiende e interpreta como sexuación. De la vida intrauterina a la senilidad, el acompañante inestable del sexo se adueña de ese ser que somos para producir efectos de lejanía y de ostranenie instalada en el universo complejo y casi siempre ilegible del cuerpo.
La voz erudita de Quignard parece regodearse en este texto, como en muchos de su vasta producción muy premiada y reconocida, en misceláneas de libros raros y antiguos para inteligir cómo la sexuación ha sido abordada como fénome humano, como parte excepcional de esa zona animal que caracteriza y, a la vez, nos separa del universo viviente por la condición erótica y la nominalización. Como un Crátilo, que consiente en entender que el nombre es la cosa, Quignard designa las sucesivas etapas humanas de fricción entre la sexualidad y el hombre, como díada compleja.
Quignard explora el eco de esas lejanas voces —verdaderas psicofonías—, que nos transportan en el tiempo, a través de las vacilaciones y el titubeo de las acepciones, y, en la sorpresa arcaica que traen los étimos como portadores de historias, muchas de ellas, hechas —como las palabras— de partes de partes, de trozos o fracciones, de verdaderas migajas de un tiempo inaccesible evocado por acción de la literatura y del relato. Por las variantes y el rastreo de fuentes con que concibe esta experiencia “ensayístico-ficcional”, Quignard constata, en su propia escritura como experiencia autotélica, las dificultades que tiene la literatura en el nuevo siglo para circunscribir el sexo, acaso con gesto que busca en lo arcano la raíz de la expansión de sus efectos polimorfos en nuestra vida contemporánea.
El punto de partida que dispara la narración sobre los fenómenos de la sexuación, no inocentemente, parte de la amistad entre Freud y Ferenczi, unidos por un paseo que liga pues la ontogénesis con la filogénesis. El texto parece precisar ese marco para desplegar, con pliegues más propios de las derivas deleuzianas, los avatares del sexo en la modernidad, mirándose en el espejo de los tiempos idos y del abordaje, siempre problemático, de las formas humanas en que el sexo se representa y se piensa. De un arsenal de imágenes indecentes y de escenas prohibidas o veladas nace ese entramado que modela en parte nuestra sexuación, confrontando esa imaginería primitiva con las literaturas donde el decoro excluye nuestra condición sexuada, con un tratamiento bien al soslayo o que subliman, sin afanes ni numerarios ni descriptivos, el “hacer ver” lo obsceno.
Dos escenas primigenias recurren y se imponen en un imaginario ancestral: una escena ardiente e inmemorial en la noche oscura y un episodio de castración, como mito de origen griego o egipcio. Si la noche establece el imaginario del secreto y lo oscuro donde finalmente se revelan las materialidades del cuerpo y sus “botones viscosos”, sus glándulas henchidas, sus múltiples sudoraciones y fluencias, en el nudo, que se pone de manifiesto en la desnudez de los miembros manifiestos, es la castración la que se impone como definitoria de una sexuación, entendida como partición o mundo demediado.
Quignard opone a la sexualidad humana el registro tanto de los otros animales (como así también de los pájaros) para determinar de qué modo sexualidad y reproducción son inherentes, dado que somos sin más la única de las especies que se reproduce en el seno mismo de la sexualidad. El retorno nocturno del otro cuerpo que nos habita se instala en la noche de lo real validando nuestra condición protobestial: “Los amantes son los animales de una noche que dura desde hace mucho más tiempo que la luz que los descubre de día”. En esa instancia el lenguaje hace irrupción también bajo las formas más inciertas, acaso como oquedad donde la brutalidad, la lascivia, el grito, la vituperancia o la ternura se dicen y dejan nombrarse. El sexo es territorio de mutación en el cual el pene erecto forma parte de una metamorfosis siempre nueva que los antiguos celebraban con idolatría en vastas y sagradas procesiones priápicas.
De algún modo como una forma de complementar la teoría sexual freudiana o ampliación de los postulados de Ferenczi, como “hijo querido” de Freud, Quignard da un paseo con ellos para proponer el abordaje analítico de las visitaciones de la literatura al mundo del sexo, de la mano de la erudición y el dato oculto debajo de siglos de oscurantismo y negación.
Étimos griegos y latinos referidos a la sexuación parece signar una interpretación otra, en muchos casos a contramano o en adyacencia con los principios psicoanalíticos, como si Quignard se propusiera complementar teorías recientes de los primeros años del siglo veinte con trouvailles antiquísimas, apelando a un recorrido retro o primario sobre términos que luego tendrán otro nombre y otra reminiscencia.
En definitiva se trata de designar a través del lenguaje un ainigma ancestral: el enigma en tanto juego del lenguaje o criptografía. De este modo, Quignard establece para el orden occidental la secuencia de tres adivinos tutelares: Tiresias y el coito, Edipo y el incesto, y, Melampo y la sodomía. Del mismo modo, en su análisis del infans habitado por un sexo del cual aún no puede referir, Quignard refuerza su estudio tripartito a partir de la figura de mujeres en tanto que madres que conforman y vuelven más intrincado el mundo mujeril en las figuras de la virgen María, no ya la madre doliente sino la que huye al saber que su hijo resucitó negándose a verlo, Medea en tanto que verdugo de su prole, y, Clitemmestra como reina consorte y uxoricida en contrario. En esos jalones, la condición femenina es tembladeral de la cuestión: qué quiere una mujer.
Quignard encarna sus reflexiones sobre la sexuación como revisitaciones a una iconografía profusa entre El origen del mundo de Courbet y La virgen de Urbino de Tiziano, y, breves estudios, pensados como marginalia, donde el sexo rebota en cuestiones sociales, culturales, morales o económicas citando a autores como Nietzsche, Melandro, Montaigne, La Boétie, Rousseau o Bruno. De cualquier modo, la sexuación parece ligada al estro amoroso en tanto el dossier central del texto gira sobre Eros y la elucubración de que este dios definido en Hesíodo como lysimelés para permitirle a Quignard partir de ese lysis desarticular el origen y la concepción toda del psicoanálisis como techné para “des-atar-el-alma-de-abajo-arriba”.
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Referencias
Quignard, P. (2025): Complementos a la teoría sexual sobre el amor. Buenos Aires, Cuenco de plata. Traducción de Silvio Mattoni.