2025: De Guerra Sexualidad y Muerte - Vol XLVII nº 1

Carlos Moguillansky: Médico, psiquiatra y psicoanalista.  Miembro pleno de APdeBA, FEPAL e IPA. Ex Secretario científico y ex presidente de APDEBA, durante su presidencia se fundó el IUSAM. Miembro del Consejo editorial del International Journal of Psychoanalysis. 2001-2008. Miembro del comité científico del IPA Congress de Hamburgo 2001. Suicidality. Autor de Decir lo imposibleClínica de adolescentes, Las latenciasEl dolor y sus defensas, Editor de J. Bleger Revisited y The Work of Donald Meltzer (Forthcoming) by IPA Publications Committee. Coautor de publicaciones en revistas y en varios libros en español e inglés sobre Adolescencia, Realidad psíquica y Clínica.

Resumen: La silueta humana genera un borde simbólico que delimita al Yo respecto del no Yo. Sobre ese borde se da el fenómeno narrativo que construye la auto imagen del Yo y su versión historiada de sí. Esa narración coexiste con los actos perceptivos, las identificaciones y el proceso secundario. Ella es la sede de la historia racional del sí mismo y de aquellas creencias que, como verdaderos relictos arcaicos, generan un mundo proyectivo aparte, donde la vida esotérica y el animismo dan cobijo al pensamiento primitivo. Se ilustra la narratividad del Yo a la luz de los duelos congelados y del trastorno fisonómico asociado a una crisis vital.

Descriptores: Narración, Biografía, Duelo, Crisis, Trastornos.

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Descripción inicial

No sólo necesitamos dormir, necesitamos soñar. Del mismo modo, los niños necesitan jugar y se alborozan en el reencuentro con sus juguetes. Soñar y jugar forman parte de la silenciosa elaboración que realiza nuestro sí mismo. La vida psíquica lleva adelante un trabajo narrativo con esos procedimientos que, cada uno a su manera, asocian y recombinan los hechos, hasta entramarlos en una nueva redacción. Esta trama narrativa no parece tener un propósito definido y algunas veces su resultado es absurdo y confuso. Sin embargo, su rol es imprescindible y su falta genera dolor. Necesitamos narrar y crear historias. 

Un paso adelante, algunas ideas etnográficas derivadas de las guerras étnicas y de la intuición que surge de la clínica apuntan al rol central que cumplen la historia y la lengua en el sentimiento de sí y en su íntima continuidad. Ellos desempeñan un papel fundante en la narrativa individual, así como en la identidad de un pueblo. La lengua establece una relación simbólica que trasciende la mera nominación de un hecho. Ella ofrece una ecuación agregada —visual o verbal— de la penumbra de significados emotivos asociados a él. La narrativa del Yo, especialmente su narración histórica, brinda un hilo de continuidad y de síntesis a su figurabilidad como autor y sujeto de lo que le aconteció, aún a riesgo de alterar la realidad objetiva: la narración afecta a lo sucedido y a la figura del Yo, en su imagen y en sus actitudes. La clínica adolescente, en su dinámica y en sus transformaciones, ofrece un amplio abanico de ilustraciones sobre el rol que cumplen la fisonomía del Yo y la narración de su propia historia, plagada de distorsiones, en acuerdo a la necesidad del joven de ofrecerse coherencia a las múltiples contradicciones e incongruencias de su historia reciente. Esas alteraciones resultan comprensibles a la luz de su necesidad de sobrevivir a la metamorfosis que afecta a su cuerpo —real o fantaseado— y a su lugar en las vidas familiar y exogámica. Esa necesidad se acrecienta a la hora de obtener algún control sobre hechos, funciones e impulsos que ganan una creciente autonomía y amenazan con escapar a su dominio. Debido a ello, advertimos deslizamientos desde la realidad inicial de su cambio corporal y sexual hacia una variopinta clínica de la fisonomía y de la estética corporal, de la alimentación y del control de actitudes que, a todas luces, intentan remediar la inevitable crisis corporal y subjetiva que están enfrentando: “¿quién es éste que me impulsa y quién soy yo, éste o yo mismo?”. Paul Ricoeur (1990)1abordó estos hechos en su texto sobre el sí mismo como un otro.

Ricoeur, P. (1990). Soi-même comme un autre. Paris, Seuil.

Esas narraciones son una tarea asociativa inconsciente. Su recurso historiador hilvana aquellos retazos psíquicos sin una adecuada comprensión. Su rueca reiterativa hila los mismos hechos de distintos modos y su tarea embrollada se reinicia cada noche, en cada sueño y en cada hora, en cada juego. Esa ilación muestra el recurso de la transferencia como una disposición a investir las nuevas vivencias con los significados de la historia propia y de las vivencias que nos marcaron. Esa tarea tiene una doble vía. Por un lado, da significado a lo nuevo y desconocido. Por el otro, da una oportunidad nueva para recombinar lo asimilado en la historia en una renovada semiosis, abierta a nuevas redes. Y, debido a alguna razón aún desconocida, requieren una dimensión personal que dé una versión propia de la vida y una perspectiva humana de los hechos, en un clima ambiguo y abierto: el niño que sufrió un dolor hará padecer a su osito el mismo pesar, sabiendo que su muñeco lo representa, al jugar a ser y no ser él al mismo tiempo.

Las ecuaciones que realiza ese niño con la figura de su juguete están mediadas por un término que las asimila entre sí. He llamado a ese término abstracto la silueta, un par simbólico e imaginario que conjuga la imagen y el concepto de lo humano. La silueta surge de la imagen corporal humana. Sin embargo, en su abstracción pierde su cualidad sensorial e imaginaria y se transforma en una representación abstracta de lo humano. En su rol de representación es un límite entre el sí mismo y un otro distinto de él. Y en su rol de contorno es el conjunto que los agrupa y confunde entre sí. Por esa razón, la silueta y su derivado, la fisonomía —corporal o subjetiva— son el sitio sintomático predilecto de la crisis vital que afecta al sí mismo. Por ello, su alteración enfermiza forma parte de su narración actual e historiada. Podría decirse también que la silueta humana genera un borde simbólico que limita al Yo respecto del no Yo. Sobre ese borde se da el fenómeno narrativo que construye la autoimagen del Yo y su versión historiada de sí. Esa narración coexiste con los actos perceptivos, las identificaciones y el proceso secundario. Ella es la sede de la historia racional del sí mismo. Pero también alberga las creencias que, como verdaderos relictos arcaicos, generan un mundo proyectivo aparte, donde la vida esotérica y el animismo dan cobijo al pensamiento primitivo. El hallazgo de la silueta surgió al observar la respuesta a una catástrofe —una masacre, una calamidad, un genocidio—. Esa narrativa del Yo también ilustra a los duelos congelados y al trastorno fisonómico asociado a una crisis vital.

Antecedentes

Como corolario de las afirmaciones de Freud en El Yo y el ello (1923), la negociación defensiva del Yo conduce al equilibrio entre las tendencias de las tres instancias y la Realidad. Si bien la Realidad exige una cierta fidelidad, el vínculo con ella se altera y distorsiona de acuerdo a esta negociación. Y concluye que el equilibrio psíquico juega un rol dominante sobre esa exigencia. La heterogeneidad del Yo y del sí mismo se debe a las inconsistencias, incongruencias y contradicciones producidas por la escisión y la desmentida asociadas a esos desequilibrios. El resultado es una narrativa a posteriori. Dicha narrativa pone de manifiesto la función de la ficción, de la opinión y de la propia singularidad en la perspectiva que cada quien ejerce en su vida y en la de sus semejantes. Dicha dimensión narrativa del Yo coexiste con la necesaria objetividad y colorea con sus matices la versión que cada persona tiene sobre los mismos hechos. Las creencias y el animismo atávico juegan en esta función un rol de primera importancia. Ellas prefiguran un núcleo de irracionalidad narrativa refugiado en la vida íntima y, muchas veces, en las locuras privadas o clandestinas. Allí existe un mundo aparte. En él se producen los pactos de tolerancia y de complicidad que, más allá de los reproches usuales, contienen, dan vía libre y sostén a las inconsistencias y las conductas bizarras. En el aislamiento de ese mundo, la legalidad local es inmune a las discrepancias con la ley pública, que es simultáneamente proclamada. Esa divalencia de perspectivas es un núcleo habitual de la irracionalidad que se enquista en el encuadre de la vida familiar y en el zócalo de cualquier acuerdo duradero o institucional.

Las creencias se han destacado por su carácter irracional y su condición esotérica, muchas veces ligada a una convicción exagerada, cercana al fanatismo. La razón de su convicción debe buscarse en la desmentida y la escisión del Yo, que le dan su forma defensiva usual. Octave Mannoni (1979)2 desarrolló una fórmula de la creencia, en la que la coma constitutiva de su frase ilustra la escisión de dos razones opuestas y contrarias entre sí: “Ya lo sé, pero aun así”. Como se desarrolla en este estudio, las creencias forman parte del desenlace defensivo del duelo patológico y de algunas crisis fisonómicas —metamórficas3— asociadas a la crisis vital, corporal o subjetiva. La dimensión narrativa de estas creencias pone de manifiesto una función del Yo. El Yo redacta una historia y define una representación de sí mismo, usualmente asociada a ella. Su autobiografía es una función usual en su auto construcción subjetiva y lo instala como autor y como sujeto de sus acciones. Como ocurre en toda historia, su redacción selecciona y desecha hechos. Construye un documento —una versión argumental— y define un monumento —su auto representación— que, en conjunto, cimentan una descripción a posteriori de qué ocurrió y quién fue el Yo en esos hechos (Rancière, J. 1992)4. Esa historia contiene algo más que una visión retrospectiva de los hechos. Es, en sí misma, una ficción arbitraria, donde el Yo se define como el héroe activo de ese mito autobiográfico.

El Yo redacta su autobiografía. Paul de Man (1991)5 sostuvo que conferir una voz, una máscara o un rostro es el modo en que la autobiografía propone la firma o un nombre propio. Ello conlleva que el autor del texto y el autor en el texto configuren un dúo con distinta función en la escena narrada. Uno es el protagonista y otro el testigo y autor de la narración. El predominio de cada una de esas funciones —protagonista y narrador— le dan a la clínica transferencial un sesgo singular, que merece un abordaje acorde a su estilo dominante, ya sea la actividad del protagonista o la distancia emocional del narrador. Estos dos modos de representación del discurso asociativo en un psicoanálisis se ilustran en el teatro griego. En ambos casos, la relación del sujeto con la acción está velada: se reserva al actor tras la máscara del protagonista y la voz del coro ejerce el rol del narrador. Los dos estilos expresivos conviven en todos los casos, pero cada modelo defensivo marca su predominio — de narración o de acción protagónica— y exige un abordaje singular en la cura.

2. Mannoni, O. (1979), “Ya lo sé, pero aun así…”, en La otra escena. Claves de lo imaginario. Bs. As., Amorrortu.

3. Nota: Crisis fisonómicas o metamórficas se refiere a aquellas transformaciones corporales o subjetivas, sucesivas a una metamorfosis vital. El cambio de la pubertad es el más conocido de esos sucesos críticos. 

4. Rancière, J. (1992). Les Noms de l’histoire : Essai de poétique du savoir, Le Seuil.

5. De Man, P. (1991). La autobiografía como desfiguración. Suplemento Anthropos, Número 28.

La observación de este dúo narrativo configura al Yo como un efecto narrativo. Su doble naturaleza le da los roles de pro-tagonista y de narrador. Y sobre esa doble naturaleza, su ac-ción defensiva configura una creencia y confirma la intuición filosófica de Nietzsche (1887)6 en el terreno de la clínica psicoanalítica.

El Yo construye una ficción de sí y de su mundo, como una narrativa defensiva que lo eleva a la función de autor activo de los hechos que sufrió. El juego del fort da lo ilustra con elocuencia (Freud, S. 1920)7. El mito y el juego le permiten salir del protagonismo de la vida hacia el rol reflexivo del narrador. Los lugares de protagonista y de narrador se alternarán luego en la elaboración defensiva. En este terreno, la ficción del juego y de su ilusión narrativa se prestan de maravilla para la evolución y el desarrollo de las estrategias defensivas. Tanto S. Freud en Los dos principios del suceder psíquico como M. Klein en su Psicoanálisis de niños y la obra de D. Winnicott brindan evidencia sobre el valor de la ficción y del juego en el desarrollo elaborador de la transferencia.

6. Nietzche, F. (1887): Zur Genealogie der Moral, Leipzig, Neumann Verlag. La genealogía de la moral. Madrid, Alianza editorial, 1996.

7. Freud, S. (1920). Jenseits des Lustprinzips. Gesammelte Werke. Fischer Verlag, Frankfurt. 1999.

De ese modo, las funciones contrapuestas de la percepción y de la narración conviven en el Yo. De un lado, la percepción y el proceso secundario preconsciente proponen una defensa del realismo, en acuerdo con el interés del Yo por salvaguar-dar su integridad; por el otro, la función narrativa ofrece creencias que rehúsan o relativizan los datos de la objetividad perceptiva. La objetividad y la narrativa proponen un cuadro heterogéneo, que atiende tanto al realismo del Yo como a su coherencia interna y a su dependencia de las fuentes de auto-estima y de amor. El apartamiento de la realidad no es necesa-riamente un efecto psicótico, pues coexiste con las funciones de una neurosis ordinaria (Freud, S. 1924)8.

Freud, S. (1924). Neurose und Psicose. Gesammelte Werke. Fischer Verlag, Frankfurt. 1999.

La narración en las crisis vitales y en los duelos

El estudio de las crisis metamórficas —que acontecen especialmente en la juventud— puso de relieve un hecho que, por obvio, resultó intrascendente. La descripción del acto narrativo surgió como un resultado de dichas crisis. Ellas podían ser explicadas como una narración armada, a medias por el propio joven, a medias por la comunidad donde vive. El polimorfismo de esos relatos permitió establecer que varían desde la simple disconformidad con un rasgo fisonómico hasta el severo delirio de algunas dismorfofobias. De cualquier modo, estas formaciones sintomáticas, más allá de su severidad clínica, responden al formato de una creencia neurótica. Pues su narración divalente característica crea y falsea los mismos hechos.

Una descripción similar se desprende de algunos duelos patológicos, que han sido congelados en torno a un argumen-to ambiguo, presidido por una creencia. En ellos, la relación del doliente con el ser perdido se sumerge en un limbo, en el que conviven escenas muy vívidas de la relación mutua junto a la noticia de que ese ser querido ha muerto. La creencia mantie-ne en vilo la relación viva del doliente con su objeto perdido. Y el falseamiento de la pérdida forma parte de la desmentida. Como el duelo se detiene, se genera una situación vital des-doblada: el doliente está en piloto automático, pues no está ni participa en su vida. Su escisión esquizoide es la cicatriz de dicha creencia persistente. (Moguillansky, C. 2000)9. Aunque su vida manifiesta es un martirio, el doliente mantiene un vínculo férreo y secreto con el ser querido perdido.

En ambas situaciones clínicas, las creencias forman parte de una alteración de la función historiadora del Yo, que resuelve definirse y verse a sí mismo como un ser doble, que está y no está, que sabe y no sabe y que decide y no decide. En esa dualidad divalente, tanto las representaciones del Yo como del sí mismo se acomodan a una versión narrativa, que se amolda a las defensas represivas o maníacas dominantes. Esto impulsa la escotomización de ciertos hechos y la selección tendenciosa de otros, con la severa alteración del realismo. En dicha divalencia, el más conspicuo racionalismo coexiste con las más llamativas creencias esotéricas. Las dos corrientes anímicas quedan enquistadas, sin cancelarse mutuamente.    

Parece natural extrapolar esta observación al terreno de los aspectos narrativos del Yo y del sí mismo. Ya que, si eso vale para las crisis, también puede valer para los intervalos de calma entre ellas. Esto es, las representaciones del Yo y del sí mismo pueden ser pensadas como una versión reconstruida a posteriori, como una narración historiada de los sucesos que se seleccionaron a tal fin. Al igual que ocurre en las crisis metamórficas, las versiones narrativas tienen la deformación que sobre ellas imprime el régimen defensivo de cada persona. Y puede decirse en general que, en todas ellas, hay un plan narrativo que selecciona y desecha actos, fantasías e incluso hechos, al servicio de la representación acorde al deseo —¿narcisista?— del Yo y del sí mismo. En Pulsiones y destinos de pulsión, Freud (1915) dice que el Principio del Placer propone una selección de las cualidades del Yo-sujeto y del objeto, acordes a ese principio rector. Esa selección proyectiva es extrema bajo las directivas del Yo de placer purificado y logra un cierto realismo posterior, bajo la influencia del Yo de realidad. Esta misma dualidad sostiene el comentario final de El Yo y el Ello (Freud, S. 1923) donde Freud indica las deformaciones y formaciones de compromiso que el Yo realiza a los efectos de relativizar sus contradicciones e inconsistencias.

9. Moguillansky, C. (2000). El papel de las creencias en la pérdida y en el duelo. Primer Congreso Uruguayo de Psicoanálisis. Panel de cierre. Mayo 2000. El dolor y sus defensas. Bs As. Letra viva, 2016.

La observación de los traumas colectivos enseña que la polaridad entre el Yo-sujeto y el Objeto-no-Yo se organiza sobre un borde que los delimita entre sí. Ese borde simbólico está definido por un conjunto lógico que une ciertos hechos ligados entre sí, pues dan cuenta de un ser humano con una vivencia actual y una historia. A su vez, la representación imaginaria del conjunto está conformada como una silueta humana anónima. Dicha silueta da un marco a lo humano. Y, a su vez, permite visualizar la noción conceptual de persona que se personifica en esa figura o esa máscara. La silueta es una noción y además aporta una fisonomía. Es curioso que, cuando más se enfatiza el carácter humano de esa representación, la fisonomía del cada quien pierde nitidez y se acentúa su anonimato (Moguillansky, C. 2010)10. El dolor se presenta en una persona, pero exige ser un valor anónimo para poder ser mejor comprendido por los otros.

Aquí la silueta interesa como el límite conceptual que permite la discriminación simbólica del Yo-sujeto respeto del Objeto que se ofrece como no-Yo, al brindar un borde que permite diferenciarlos entre sí. Este hecho tiene una gran utilidad clínica, pues en los cuadros mencionados el material conflictivo se expresa precisamente en dicha silueta fisonómica. Y la silueta resulta el objetivo de los trastornos más irreales y bizarros. La alteración fisonómica resulta de la acción y atribución proyectiva que se plasma en la silueta.

Tanto las dismorfofobias como la actitud automática de estar y no estar en la escena dolida forman parte de la alteración del borde entre el Yo y sus objetos, con quienes se confunde e indiscrimina. La silueta, en su doble función imaginaria y simbólica, es el borde y la fisonomía que opera como blanco proyectivo y como límite discriminador entre ellos.

10. Moguillansky, C. (2010). Decir lo imposible. La función de la silueta en la elaboración simbólica de las catástrofes. Buenos Aires, Ed. Teseo.

Estas observaciones no invalidan ni cuestionan la descripción freudiana del Yo como el resultado de la función perceptiva ni su estructura identificatoria, definida en El Yo y el ello (1923). Sólo desarrollan las ideas del mismo autor, cuando señala las maniobras defensivas del Yo a la hora de conciliar sus inesperadas contradicciones e inconsistencias. Se podría agregar hoy que esas inconsistencias dependen de la narrativa que expresa esta doble vara, de verdad y de falsedad, en la redacción íntima de la historia y de la síntesis representacional del Yo y del sí mismo.

Puede darse un paso más. Y concluir que el Yo y el sí mismo dan por ciertos y por falsos los mismos hechos, las mismas percepciones e incluso las mismas advertencias y promesas. Tanto los temores esotéricos del Yo como la desmentida respecto de su propia muerte ilustran la forma divalente que tiene el Yo en relación a sí mismo y a su suerte. Él sabe y no sabe sobre su vida y sus riesgos. De otro modo, su angustia sería intensa ante su vulnerabilidad. La estructura divalente es propia de las creencias primitivas que ayudan al Yo. Desde su origen en las teorías sexuales infantiles, las creencias animistas tienen mayor o menor peso en la versión final de sí mismo, pero nunca dejan de ser un reducto de seguridad infantil.

Dos sucintos ejemplos literarios ilustrarán la dimensión narrativa del Yo. Calibán en La tempestad de W. Shakespeare y Muster Mark en Finnegans Wake de James Joyce.

En La Tempestad, Calibán es el personaje oriundo de la isla, visitada por Próspero, el ilustre miembro europeo. Calibán es descripto como un ser negro, feo y monstruoso, ignorante e instintivo. Por ello, él “naturalmente merece” ser esclavizado y maltratado por Próspero. Éste ofrece la luz y la “prosperidad” de la civilización. La mera puesta en escena de los personajes precipita una reconfiguración narrativa del Yo de ambos, en acuerdo al mito narrativo. Como bien lo señalan Franz Fanon y Octave Mannoni, en su célebre polémica sobre el tema, importa quién describe los hechos. Ambos eran de extramuros, de la tierra de Calibán. Y “naturalmente” brindan una perspectiva favorable. En la versión de ambos, él ya no es monstruoso. Sólo se trata de un aborigen visto desde el etnocentrismo de la metrópoli. La monstruosidad narrativa de Calibán es un efecto de perspectiva, dado por el punto de vista del autor metropolitano. Una historia que resulta muy útil para abordar la “anormalidad” monstruosa que sufren nuestros jóvenes, al enfrentar el conflicto de su sexualidad con la moral que ellos suponen imperando. La crisis metamórfica puberal es un efecto mixto, derivado tanto del impacto sexual como de la rigidez del marco cultural.

En el juego de palabras inaugurado por James Joyce en su Finnegans Wake, y retomado por Gell-Mann en su ensayo sobre los quarks: “Three quarks for Muster Mark”, encontramos a un señor Mark narrativo que, al igual que mi nombre y el del lector, figura y define la versión de sí de una persona construida sobre un relato. Mark es un borrachín que bebe sus quarks, que allí son medidas de cerveza. Él tiene una relevancia narrativa que trasciende su sucinta forma material. El nombre propio Mark denomina al Yo de Mark, aquello que ese hombre redactó sobre sí mismo en su propia historia y desde lo que los demás pensaron sobre él. Mark es silueta de Mark y, a su vez, ofrece una silueta humana para cualquiera de nosotros. Al obtener ese status narrativo, Mark es cualquiera, pero para Joyce también es una ironía sobre el rey Marke de Cornualles, y, a través de su rol humillado en la saga de Tristán, es una ironía del irlandés Joyce sobre Inglaterra: Tristán enamora a la irlandesa Isolda y desaíra al inglés Marke11. Ese simple ejemplo ilustra las múltiples fisonomías de la silue-ta de Mark. Y la alusión a diferentes reconfiguraciones de las fisonomías de Mark, de Marke y de Joyce. Mark y quark, Tris-tán y Marke, Joyce el irlandés e Inglaterra funcionan como muñecas rusas en el múltiple diálogo entre siluetas que, a su vez, tienen su lugar propio en cada encuadre.

11. La saga irlandesa de Tristán fue inmortalizada por Wagner en la ópera Tristán e Isolda. En ella, el rey Marke de Cornualles envía a Tristán a buscar a su prometida Isolda. En el viaje, los jóvenes se enamoran y mueren, ante la imposibilidad de concretar su amor. Joyce aprovecha el mito en su ironía sobre la relación de Irlanda e Inglaterra.     

Discusión y conclusión 

Estas observaciones conducen a que el Yo y su par reflexivo, el sí mismo, tienen la forma ficcional de una creencia. Ella está construida sobre identificaciones que cimentan su representación de sí. Y se sostiene en la lógica divalente de una creencia, que da por ciertos y por falsos, en simultáneo, a los mismos hechos que la forman. Esta lógica recurrente permite la existencia eficaz de escisiones y de desmentidas que encubren noticias que pueden quebrar la narrativa historiadora del Yo y, con ello, socavar su consistencia. La represión perfecciona esta situación al seleccionar qué sí y qué no estará en la conciencia. Así evita un nuevo desembarco de displacer a ese Yo inconsistente. Las escisiones, las desmentidas y la represión tienen como propósito primario generar consistencia a la narrativa historiadora del Yo- Sujeto, que deviene y no es otra cosa que un Yo-creencia (Freud, S. 1915)12.

La creencia en la mismidad del sí mismo se cimenta en las vivencias usuales de la experiencia, ligadas al sentido común y a las instituciones —psíquicas o sociales— que sostienen una forma constante y previsible de ambas. Esa ilusión de mismidad y de continuidad de la experiencia del Yo promueven una esperanzada promesa de previsibilidad futura: “Si todo fue así en el pasado, se puede vislumbrar que así seguirá siendo en el futuro”. Ese ilusorio encuadre previsible está basado en la escisión del Yo y la desmentida de aquellos riesgos sabidos, que alteran dicha ilusión. Como toda creencia, ese encuadre alberga saberes contrarios que no se cancelan en la ambigua fórmula divalente: “esto es así, pero sé que no…”.

12. Freud, S. Ibidem. En “Pulsiones y destinos de pulsión”, Freud menciona el Yo-Sujeto (das Ich- Subjekt) en contraste con el Objeto (das Object). Ambos están definidos por el proceso proyectivo que distribuye cualidades sobre ellos, siguiendo los lineamientos arbitrarios del Principio del Placer (Lustprinzip).

La fisonomía del Yo depende de su recurrente configuración a posteriori de cada suceso psíquico. A cada cambio en la posición del Yo sucede una reconfiguración fisonómica. En ella, el Yo se redefine en acuerdo a aquello que lo sitúa como el que fue. Sea esto un espejo, la mirada de un ser admirado o idealizado, tanto si es amado u odiado, o bien su propia mirada retrospectiva. En el diálogo consigo mismo o con las otras fuentes de construcción fisonómica, el Yo reconfigura su imagen, desecha lo contradictorio y acentúa lo redundante. Y, en paralelo a esta tarea proyectiva, reconfigura su autoestima. Pues estos diálogos tienen un componente de auto observación —en alemán original, Selbstgefühl—. Dicha reconfiguración apunta a dar coherencia a la mismidad del sí mismo con los cambios de la experiencia. Esa exigencia conlleva una inevitable alteración proyectiva asociada.

La ecuación de mismidad que construye el Yo sobre su propia experiencia produce la creencia inestable “Yo soy Yo”. Luego, esa inestabilidad es estabilizada por desmentidas que la cuestionan y confirman, tales como: “¿Seré Yo eso que creo que soy Yo? ¡Sí, desde luego! Aunque sé que eso no puede ser cierto.” La desmentida de esa creencia inicial da coherencia a una subjetividad inestable, que descree de su propia fundación inicial. Por ello, se sostiene en una ambigüedad del tipo “Sí soy Yo, pero no…” que estabiliza esa construcción. El sí mismo requiere una defensa permanente de su existencia, con la premisa de establecer desmentidas y escisiones de su experiencia, al servicio de su coherencia interna, que le da una cuota imprescindible de credibilidad auto impuesta.

Por ello, la perplejidad y el desconcierto son epifenómenos de la ruptura incidental de esa creencia. Si dicha creencia no acontece cuando falla la narración a posteriori, es imposible el acto que da coherencia —por elaboración secundaria o historización— a las vivencias dispersas. Mark da coherencia al registro de los acontecimientos de los quarks que lo componen. La creencia que concluye en “Yo soy Yo” es una narración recurrente que se aloja sobre las defensas de desmentida y de escisión iniciales. Y que, luego, opera con la represión para dar un manejo adecuado a las experiencias contradictorias de esa unidad inicial, siempre ficticia. Esta es la razón defensiva de la elaboración secundaria y de su resultado: la autobiografía es una creencia narrativa del sí mismo. Como tal, está construida sobre escotomas que seleccionaron hechos y descartaron otros, para dar una versión acomodada a la razón de ser actual del Yo. Esa ficción no tiene empacho en sus flagrantes contradicciones consigo misma, a través de las innumerables reconfiguraciones que realiza a lo largo de la vida.

Por ello, debería concluirse que la crisis metamórfica es la vicisitud fallida de esa recurrencia historiadora. 

Veámoslo a la luz de las creencias en la monstruosidad imaginaria de nuestros pacientes adolescentes. Las crisis metamórficas están contenidas por un conjunto de funciones presentes en la vida psíquica del joven y en el intercambio emocional con sus allegados —su familia y sus amigos—. Estas funciones contienen la turbulencia emocional y las diferencias que se instalan en la vida normativa. En la crisis metamórfica de la adolescencia la cuestión normativa es usual y se tramita en un clima de rebeldía o como una subversión de las normas familiares. El cambio en la posición subjetiva del pasaje de la infancia a la adultez suele generar confusión y no se distingue la norma genérica de las personas que se encargan de hacerla cumplir. La ley edípica se transforma en una apasionada discusión simétrica, cuasi fraterna, en la que padres e hijos pierden la asimetría entre la ley y sus usuarios. Esa confusión se desliza hacia disputas y relaciones de poder o de mutuo aferramiento, que enmascaran el desprendimiento doloroso del joven que deja de ser niño y de los padres que pierden su juventud. El tiempo de ese tránsito se congela y la familia confunde la asimetría funcional de las generaciones y se desliza a un ambiguo clima fraterno. Como trasfondo del duelo, está la eterna necesidad de continuidad de una experiencia en perpetuo riesgo de ruptura, por obra de factores ajenos al dominio de los Yoes que participan. En este punto es de particular importancia la vivencia de descontrol impulsivo o defensivo, que amenaza la creencia del sí mismo. La idea de ser loco, poseído, invadido, robado, contaminado o contagiado es la respuesta defensiva a esa amenaza. Y explica las frecuentes crisis hipocondríacas, fóbicas y obsesivas que acompañan a esas crisis. 

La emergencia psíquica asociada a las crisis metamórficas genera angustias ante el daño y la muerte y promueve sínto-mas —similares a los síntomas neuróticos— que tienen como escenario el Yo y el sí mismo. La aparente crisis narcisista es una escena de superficie. El conflicto se despliega entre las fuerzas usuales de la neurosis: la sexualidad y la represión. El conflicto ocurre en el escenario del sí mismo y en la definición del Yo. Y ello determina una certeza adicional que afecta las creencias y convicciones del Yo. Estas creencias complejizan la clínica de las metamorfosis y dificultan su abordaje. Por esta razón se han comprendido como alteraciones distintas de las neurosis habituales, con otra metapsicología o causación. Sin embargo, los factores en juego siguen siendo neuróticos y, en principio, las diferencias se deben atribuir al escenario singular donde los síntomas acontecen —el sí mismo y el Yo— y a las creencias asociadas a estos. Ese simple cambio de perspectiva ilustra el rol de las creencias en la reconfiguración narrativa del Yo en cada caso.

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A estrutura narrativa e histórica do eu e do self: o papel da silhueta humana na clínica

Resumo: A silhueta humana gera uma fronteira simbólica que delimita o Eu do não-Eu. Nessa borda ocorre o fenômeno narrativo que constrói a autoimagem do Eu e sua versão histórica de si mesmo. Essa narrativa coexiste com atos perceptivos, identificações e o processo secundário. É a sede da história racional do eu e daquelas crenças que, como verdadeiras relíquias arcaicas, geram um mundo projetivo separado, onde a vida esotérica e o animismo dão abrigo ao pensamento primitivo. A narratividade do Self é ilustrada à luz do luto congelado e da desordem fisionômica associada a uma crise de vida.

Descritores: Narração, Biografia, Luto, Crise, Transtornos.

The Narrative and Historical Structure of the Self and the Self: The Role of the Human Silhouette in Clinical Practice

Abstract: The human silhouette generates a symbolic boundary that delimits the Self from the non-Self. The narrative phenomenon that constructs the self-image of the Self and its historical version of itself occurs on this boundary. This narrative coexists with perceptual acts, identifications, and the secondary process. It is the seat of the rational history of the self and of those beliefs that, as true archaic relics, generate a separate projective world, where esoteric life and animism shelter primitive thought. The narrativity of the Self is illustrated in light of frozen grief and the physiognomic disorder associated with a life crisis.

Descriptors: Narration, Biography, Mourning, Crisis, Disorders.

Referencias

De Man, P. (1991). La autobiografía como desfiguración. Suplemento Anthropos, Número 28.
Freud, S. (1920). Jenseits des Lust Prinzips. Gesammelte Werke. Fischer Verlag, Frankfurt. 1999.
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Mannoni, O. (1979). “Ya lo sé, pero aun así…”, en La otra escena. Claves de lo imaginario. Bs. As., Amorrortu.
Moguillansky, C. (2000). El papel de las creencias en la pérdida y en el duelo. Primer Congreso Uruguayo de Psicoanálisis. Panel de cierre. Mayo 2000. El dolor y sus defensas. Bs As. Letra viva, 2016.
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