2025: De Guerra Sexualidad y Muerte - Vol XLVII nº 1

Adrián Melo: Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Comunicación y Cultura y Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Post-doctor por Conicet. Se desempeña como investigador y como profesor en las áreas de sociología y filosofía en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Es autor de los libros, Paco y Eva: las vidas paralelas de Evita Perón y Paquito Jamandreu (Aurelia Rivera, 2020); Historia de la literatura gay en Argentina (Ediciones Lea, 2012), coautor junto con Marcelo Raffin de Obsesiones y fantasmas de la Argentina: El antisemitismo, Evita, los desaparecidos y Malvinas en la ficción literaria (Editores del Puerto, 2005).

En 1920, Freud publicó “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad en una mujer”. En el texto narraba el apasionamiento truncado de una muchacha por una mujer mayor que ella y las animadversiones que esos sentimientos despertaron en el padre de la muchacha. 

Tal como lo refiere el psicoanalista vienés:

Una muchacha de dieciocho años, bella e inteligente, de una familia de elevada posición social, provoca el disgusto y el cuidado de sus padres por la ternura con que persigue a una dama ‘de la sociedad’, diez años mayor que ella. Los padres aseveran que esta dama, a pesar de su aristocrático apellido, no es más que una cocotte. Dicen saber que vive en casa de una amiga casada con quien mantiene relaciones íntimas, al par que al mismo tiempo se entrega a amores disolutos con una cantidad de hombres. (p. 141)

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La chica mostraba a todas luces la conducta típica de una joven enamorada: le enviaba flores, le escribía cartas y apro-vechaba cualquier pretexto para verla. Por ejemplo, la espera-ba fuera de su casa o incluso en la parada del tranvía espe-rando contemplar a su amada.1  Los padres de la muchacha que sospechaban de la verdad de la situación y ya se habían percatado de la indiferencia de su hija por los varones jóvenes y de afectos especiales que había mostrado por otras personas del mismo sexo que ya habrían desatado la ira y el rigor de su padre. En este caso, para el progenitor, la cuestión se agravaba, por tratarse del apasionamiento juvenil por una mujer de conducta “liviana”, poco decorosa y por el comportamiento impudoroso de la hija.

Finalmente, el padre de la joven se cruzó en la calle con las dos mujeres caminando juntas y las miró rabiosamente en si-lencio. Aterrorizada, la muchacha le reveló bruscamente la identidad del hombre a su compañera y le dijo que le había prohibido esa amistad. La mujer se encolerizó y le pidió a la muchacha que la dejara allí en ese preciso instante y que nun-ca más volviera a esperarla o hablarle: la aventura amorosa se tenía que terminar. Con el corazón destrozado, la muchacha estalló en sollozos y se fue corriendo calle abajo. En un impul-so de desesperación se arrojó encima de una pared y cayó sobre un terraplén encima de unas vías de tren metropolitano. Un intento de suicidio que pagó muy caro, aunque tuvo con-secuencias físicas perdurables. Es decir, por poco se salvó de un accidente grave, pero tuvo que pasar bastante tiempo en reposo y sus padres, ante el miedo de que la joven volviera a intentar una conducta autodestructiva, tras la convalecencia la enviaron al doctor Freud para que “la devolviera a un estado mental normal”. La preocupación del padre era mayor porque, tras el restablecimiento, la mujer mundana que hasta entonces había rechazado con un mohín sus requerimientos se sintió tocada ante una prueba tan inequívoca de pasión y empezó a tratarla amistosamente.

1. Esas conductas de la muchacha le hacen afirmar a Freud: «En su conducta hacia su objeto de amor había adoptado del todo el tipo masculino, vale decir, la humildad y la enorme sobrestimación sexual que es propia del varón amante, la renuncia a toda satisfacción narcisista, la preferencia por amar antes que ser amado. Por lo tanto, no sólo había elegido un objeto femenino; también había adoptado hacia él una actitud masculina”. La referencia procede de “Introducción al narcisismo”.

Se sabe que Freud aceptó el caso de evidentemente mala gana porque veía el origen de la homosexualidad de la muchacha en la relación con su padre. Su hipótesis era que la relación padre-hija se había resentido aún más por el hecho de que, hacía tan solo tres años, había nacido su hermano menor. La explicación de Freud era que la joven “sufrió una gran desilusión justamente cuando estaba experimentando la reactivación de su complejo de Edipo infantil. Se hizo plenamente consciente del deseo de tener un hijo, un chico, su conciencia no podía saber que lo que ella quería era un hijo de su padre a imagen de él”. Sin embargo, quien dio a luz, no fue ella, sino su rival a la que odiaba intensamente, es decir, su madre. Según el razonamiento de Freud, después de esa “primera gran derrota”, la muchacha se apartó de su padre y de los varones en general, abjuró de su condición de mujer y buscó otro objeto de su libido.2

En su análisis Freud incluía la descripción de la familia y establecía puentes entre los personajes reales que son los padres de la muchacha y las asociaciones de ella sobre los mismos, acortando las distancias entre realidad psíquica y mundo externo. El padre es descripto severo, muy enamorado de su mujer. La madre como una mujer de aspecto juvenil que no quería renunciar a su pretensión de agradar y seducir y tenía una marcada preferencia por los hijos varones. A Freud le re-sulta llamativo que mientras “La madre se mostraba tolerante (respecto de los gustos sexuales de la hija) como si viese una deferencia de su hija en el hecho de que se hiciera a un lado, el padre rabiaba, como si sintiera el propósito de una vengan-za dirigida contra su persona” (Freud, 153).

2. Para ampliar la noción de tabú, la antropóloga francesa Francoise Heritier relata que, entre los Nyacusa, las personas de las que debe ser protegida una muchacha que tiene su primera regla son su padre y su madre, con quienes convive. Ellos deben suspender sus relaciones sexuales hasta que la muchacha tenga marido. «Si la madre continuara su vida sexual en ese momento, cometería el ultraje de transgredir (overstep) los derechos de su hija, y por su densidad misma desencadenaría flujos de sangre incontenibles en aquella, condenándola a la esterilidad. Con su comportamiento habría manifestado la voluntad de conservar el disfrute exclusivo de los derechos sexuales en su generación. Los padres pueden reanudar sus relaciones a continuación, pero realizando el coitus interruptus, porque la madre no puede quedar encinta antes que la hija. También se considera que la madre no debe permitir el casamiento si ella todavía quiere tener hijos, está en carrera. De modo que el derecho de procreación no pueden ejercerlo dos generaciones adyacentes” p. 113.

En definitiva, las observaciones de Freud apuntaban al entrecruzamiento del interés del padre por la madre y de la madre por sí misma y que, en su confluencia, no dejaban un espacio legítimo para la hija y su feminidad. A su vez, la dama mundana, para Freud, era para la joven un claro sustituto de la madre. Quizás, aún perturbado por el caso de la joven, cinco años después en 1925, Freud publica “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”. Es decir, reformula sus concepciones sobre el desarrollo psicológico de la mujer, al intentar crear la prehistoria del complejo de Edipo femenino y especificar algunas cuestiones edípicas de las mujeres. Así también intentaba saldar una cuenta pendiente de la teoría sexual, al probar hacer inteligible aquello de lo que se lamentó desde sus primeros estudios: la oscuridad que rodeaba la vida sexual de las mujeres. Tal como había señalado en “Tres ensayos de teoría sexual”, la vida amorosa del hombre “es la única que se ha hecho asequible a la investigación, mientras que la de la mujer permanece en una oscuridad todavía impenetrable”. Sin embargo, tal como reconoce James Strachey, el clásico traductor al castellano de las obras de Freud, las hipótesis que formula en este texto central, en cierta forma están presentes y desperdigadas en varios otros textos a lo largo de los años.3

Lo extraordinario de “Algunas consecuencias psíquicas… “es que la mayoría de los aspectos presentes de la obra de Freud sobre la sexualidad -tanto femenina como masculina-, están condensados y explicitados en pocas páginas. Haciendo gala, una vez más, de ese habitual estilo que conjugaba lo complejo y lo misterioso de sus teorías con la belleza literaria que hace hincapié en los detalles. Particularmente, las nuevas pautas fijadas, para pensar la psicogénesis y la diferenciación del desarrollo de la masculinidad y la femineidad en el varón y la mujer en “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos” se ceñían o tenían como veloz pun-to de partida la temprana percepción de los niños y las niñas de presencia-ausencia de los genitales masculinos en los cuerpos. Ese eje popularizado para la psiquis femenina como “envidia del pene” conserva a lo largo de los años una actuali-dad capaz de suscitar profundas adhesiones, pero, sobre todo, airadas reacciones prevalente, aunque no exclusivamente, por parte de los estudios de género y sectores de la militancia feminista.

3. Strachey se refiere a los siguientes textos: “Tres ensayos sobre teoría sexual (1905); Carta a Fliess del 14 de noviembre de 1897; “Sobre las teorías sexuales infantiles” y “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico (1916).

En conjunto “Algunas consecuencias…” es uno de los textos donde se hace más visible el enorme esfuerzo de la monumental obra de Freud por conectar y articular naturaleza y sociedad, biología y cultura, dicotomías que, ciertas teorías sociales y desde ciertas militancias políticas, han tendido a soslayar, reduciendo un término por otro como si fueran irreconciliables.  Para estas teorías y para estas militancias frecuentemente lideradas por el feminismo o las identidades LGTBIQ+, el texto de Freud ha perdido actualidad. Sin embargo, el uso —o el mal uso— que el psicoanálisis sigue haciendo del mismo y los debates que aún suscita, a más del hecho de que no se ha vuelto a producir una teoría de la sexualidad global de la envergadura freudiana, demuestran constantemente su perdurable actualidad.

La falsa contraposición entre biología y construcción social

La ortodoxia en la práctica de ciertos psicoanalistas o la radical oposición a la teoría freudiana suelen olvidar tanto la flexibilidad con la que Freud frecuentemente presentó sus hipótesis, como su profunda vocación de servicio de un médico que quiere alivianar el sufrimiento psíquico humano y que lo llevaba, en la mayor parte de las ocasiones, a tender a la comprensión y a la piedad hacia sus pacientes.

No casualmente, el propio Freud comentaba irónicamente hacia 1914 que “en Norteamérica, la profundidad de la comprensión (del psicoanálisis) no iba a la par que su popularidad. Es decir, rápidamente advirtió que sus ideas y observaciones sobre la conducta humana eran distorsionadas o mal interpretadas con demasiada reiteración”. (Freud, 1914, p. 14)

En relación con “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad en una mujer”, una primera y rápida lectura, indicaría que Freud propuso que la pasión de la joven por la mujer mayor era una reactualización de los conflictos edípicos de los que ella no era consciente: el intenso odio y la rivalidad con su madre y el deseo de tener un hijo de su padre. Entonces, para la muchacha, enamorarse no es lo que parecía. Y, en conclusión, para Freud, la homosexualidad femenina (tanto como la masculina) no es una de las variantes de la sexualidad y el amor humanos, sino una pasión nacida del odio y del incesto.  El caso de la muchacha y otras descripciones de Freud sobre homosexuales perturbados que fueron a su consulta para que los tratase fueron utilizados por teóricos posteriores para sostener argumentos y prejuicios propios de que la homosexualidad era una enfermedad mental.

Sin embargo, en numerosas ocasiones, Freud dio cuenta de que su opinión al respecto no era contundente. Así, en carta a una mujer norteamericana que le había escrito sobre su hijo homosexual, respondió:

Por su carta entiendo que su hijo es homosexual. Me impresiona el hecho de que usted misma no mencione esa palabra al informante sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué la evita? La homosexualidad no es sin duda una ventaja, pero algo de lo que avergonzarse, no es un vicio, no es una degradación y no puede catalogarse como una enfermedad: lo consideramos una variación de la función sexual producida por una cierta detención en el desarrollo.

A continuación, en esta carta que vio la luz recién en el año 1951 y que ha sido citada en muchas ocasiones, Freud enumeraba personajes históricos geniales que habían sido homosexuales (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci) -listado de personajes imprescindibles para los primeros manifiestos de la militancia homosexual y de defensa del orgullo gay avant la lettre, para concluir que “Es una gran injusticia y crueldad perseguir la homosexualidad como si fuera un delito”. Asimismo, Freud descreía de que fuera posible eliminar la homosexualidad y sustituirla por la heterosexualidad.

Como con el resto de la obra de Freud, se suelen suscitar notables equívocos y garrafales injusticias en torno a “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”.

En contraposición a falaces teorías esencialistas y a los horrores humanos que suscitó el biologicismo durante el siglo XX —léase el darwinismo social y el nazismo— la teoría social ha tornado a pensar todos los fenómenos como “construcciones sociales” y ha soslayado el indiscutible papel de la naturaleza en cualquier hecho social. Ha olvidado lo que Camille Paglia ha expresado con contundencia en el comienzo de su genial Sexual Personae:

“En el principio estaba la naturaleza. Telón de fondo en que se basan y contra el que se han transformado nuestras ideas sobre Dios, la naturaleza sigue siendo el problema moral supremo. Mientras no clarifiquemos nuestra actitud en relación con la naturaleza, no comprenderemos nada con respecto al sexo y al género. El sexo es la naturaleza en el hombre” (Paglia, p. 19).

A su vez, la autora afirma que “la sexualidad y el erotismo constituyen la compleja interacción de la naturaleza y la cultura” y que la teoría feminista ha simplificado el problema del sexo, reduciéndolo a una cuestión social. Si fuera así de simple, se revisaría la sociedad, se eliminarían las injusticias y reinaría la paz y la armonía entre los sexos. 

Sin dudas, uno de los esfuerzos mayores de Freud es intentar conectar naturaleza y cultura, biología y sociedad. Es notable cuánto se ha simplificado el pensamiento humano, desde que las ciencias sociales y las militancias han bregado por la no digamos sujeción, sino lisa y llanamente el intento infructuoso de subsumir la naturaleza en la cultura y biología en el errático concepto de construcción social.

Por empezar, en el punto de partida de “Algunas consecuencias…”, Freud comienza por reconocer la falta de pruebas para transmitir con certeza las hipótesis allí narradas. En esa afirmación subyace probablemente la idea de que Freud comprendió antes que nadie y que Paglia suele resaltar “No se puede entender el sexo porque no se puede entender la naturaleza” o que “la naturaleza tiene designios que nosotros apenas vislumbramos” (Paglia, p. 20). 

A su vez, tal como afirma Paglia

El sexo es un poder mucho más oscuro de lo que el feminismo ha querido admitir. Las terapias sexuales conductistas creen que es posible un sexo desculpabilizado, inocente. Pero, al margen de la cultura, el sexo siempre ha estado rodeado de tabúes. El sexo es el punto de contacto entre el hombre y la naturaleza, un punto en el cual la moral y las buenas intenciones quedan a merced de unos impulsos primitivos. Dije que era una intersección. Esta intersección es la misteriosa encrucijada de Hécate, adonde por la noche vuelven todas las cosas. El erotismo es un reino poblado de fantasmas. Es un dominio que se extiende allende los confines de la sociedad, un dominio maldito y encantado. (Paglia, p. 22)

Sin redundar en las obvias críticas a “Algunas consecuencias…” de biologicismo, universalización de lo masculino y de la experiencia de feminidad y de soslayar los aspectos sociales, económicos y culturales —tan recurrentes en los Estudios de género— la obra de Freud es un siempre valioso intento de explicar los fenómenos psíquicos que no ha sido sustituido ni superado por ninguna teoría global. Con el aditamento de que el complejo de Edipo, su historia y prehistoria, sus actualizaciones, sus maneras de resolución, los deseos incestuosos, la biografía familiar, ha sido pasible de brindar explicaciones a comportamientos psíquicos de varones y mujeres —en incontables observaciones desde 1925 a nivel global— y de alivianar el padecimiento humano, en el marco del misterio que supone —y supondrá siempre— la naturaleza humana.

El problema es, al igual que suele suceder con Marx, cuando ciertos artefactos teóricos se utilizan no como maneras de intentar comprender y desentrañar los misterios de la naturaleza, el sexo, la psiquis humana, o los procesos sociales respectivamente —en este caso, utilizándolos de manera situada y adecuándolos con flexibilidad según las circunstancias subjetivas, familiares, históricas y sociales—, sino para aplicarlos de manera literal sobre la psiquis en las terapias psicoanalíticas  o sobre el mundo social en la política.

Tal como afirma Paglia:

El carácter fantasmagórico del sexo está implícito en la brillante teoría freudiana de la novela familiar. Todos tenemos una incestuosa constelación de personajes, las «personas del sexo», que llevamos en nosotros desde la infancia a la tumba y que determinan a quién y cómo queremos u odiamos. Todo encuentro con amigo o enemigo, todo choque con la autoridad o sumisión a la misma contienen las perversas huellas de la novela familiar. (Paglia, p. 23).

Freud nos obliga siempre a volver a la naturaleza y a la biología, al hecho de que, primero que nada, tenemos un cuerpo, una anatomía. Eso es tan real en “Algunas consecuencias…” como en “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad en una mujer”. Olvidar eso, ha llevado a predicar un eslogan tan fácilmente refutable —y enarbolado, en ocasiones cual verdad científica— tal como que “la orientación sexual es una elección” o decisión consciente. Se hace preciso discutir cuál es el valor que le damos a los términos “elección” o “decisión”, en tanto parecen remitir a una posición subjetiva autónoma que puede decidir acerca de un destino sexual en contraposición o a diferencia de la asunción de un lugar totalmente predeterminado. Al menos Freud, intento una mediación y en donde la decisión estaría condicionada o mediatizada por la resolución y las formas en que se resuelve el complejo de Edipo, como mecanismo de la elección no solo de objeto sino del propio sexo. 

Al menos, es indiscutible desde la propia experiencia existencial (nadie en un momento de la adolescencia elige el objeto sexual o el sexo como si se tratara de una cartilla de colores) que el sexo o la orientación sexual no remiten a una posición subjetiva autónoma. A su vez, estudios científicos que van desde Havelock Ellis (con todo lo reprobable que haya en las teorías de Ellis) hasta Magnus Hirshfeld, desde la militancia de Karl María-Bertbeny, pasando por los escritos del escritor francés Andre Gide hasta los estudios de genética sexual resumidos en el ejemplar “Historia natural de la homosexualidad” de Francis Mark Mondimore dan probada y fáctica cuenta de que hay componentes biológicos y genéticos en la orientación sexual. En definitiva, es probable —y tiendo a afirmar— que la llamada orientación o “elección sexual” esté determinada por factores sociales, culturales, subjetivos, familiares, con un sustrato al menos condicionante en los factores biológicos y genéticos.  Y que, a su vez, haya componentes innatos y adquiridos en el desarrollo de la identidad sexual.4 Freud hizo un intento descomunal por intentar vincularlos que sigue interpelando al presente.

Aunque cíclicamente se dicten los certificados de defunción de sus ideas, los tres pensadores de los siglos XIX y XX, los maestros de la sospecha, Marx, Nietzsche y Freud, siempre vuelven. El centenario de “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”, obligar a revisar/nos y viene a certificar, una vez más, la actualidad del pensamiento freudiano.

4. Al respecto, se recomienda “Una historia natural de la homosexualidad” del Dr. Francis Mark Mondimore, sobre todo capítulos 7. Biología sexual I, 8. Biología sexual II, 9. Genética sexual y 10. Innato y adquirido, 11. Desarrollo de la identidad homosexual, pp. 129-202.

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Referencias

Freud, S. (2001). Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos. En Obras completas (Vol. XIX, pp. 259–276). Amorrortu. (Trabajo original publicado 1925)
(1951). Carta a una madre americana. American Journal of Psychiatry, 107, 786. (Trabajo original publicado 1935)
(2001). Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. En Obras completas (Vol. XIV, pp. 1–63). Amorrortu. (Trabajo original publica-do 1914)
(1993). Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femeni-na. En Obras completas (Vol. XXIII, pp. 139–164). Amorrortu. (Trabajo origi-nal publicado 1920)
Héritier, F. (2002). Masculino femenino. El pensamiento de la diferencia. Ariel Antropología. (Trabajo original publicado 1996)
Mondinore, F. (1998). Una historia natural de la homosexualidad. Paidós.
Paglia, C. (1990). Sexual personae: Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson. Deusto.