Resumen: Hurbinek fue uno de los 196 sobrevivientes de prisioneros exterminados en Auschwitz. Confinado en un rincón de su barracón, su cuerpo era un despojo, semi-paralítico, sus piernas finas y atrofiadas. Y una total falta de lenguaje. Falleció a los dos meses de la liberación, pero tal como relata Primo Levi, el joven Henek se empeñó en enseñarle a hablar. Un día pronunció una extraña e indescifrable palabra. La cuestión sobre la que los autores debaten gira en torno a la función de dicha palabra y la importancia capital de la palabra y el lenguaje y sus vicisitudes en la estructuración de la subjetividad. “Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías”, dice Primo Levi; testimonio al que nos sumamos con estas palabras nuestras, casi 80 años después.
Descriptores: Auschwitz, Holocausto, Primo Levi, Deshumanización, Psicoanálisis, Lenguaje, Subjetividad, Real, Goce, Nada.
El Efecto Hurbinek. (Parte 1)*
Por Oscar Strada Bello
* Como figura en el texto, Oscar Strada escribió la primera parte de este artículo y J. Guillermo Martínez la segunda parte a modo de discusión o diálogo y complemento al trabajo del primero. Lo que presentamos con la intención de diálogo también con el lector.
Hurbinek era el nombre que, no se sabe quién se lo puso a un niño de tres años, que tampoco se sabe bien cómo es que había nacido en Auschwitz en ese ambiente concentracionario. Tampoco se sabía exactamente quienes habían sido sus progenitores. La madre había sido una prisionera probablemente húngara que habría terminado en el crematorio. Respecto de su genitor biológico, no se sabía exactamente si había sido un capo de un determinado barracón o un guarda nazi. Milagrosamente el niño había sobrevivido tres años y era uno de los afortunados que se encontraban a la espera de ser trasladados, al día siguiente de la liberación del campo, el 27 de enero de 1945. Hurbinek fue uno de los 196 sobrevivientes de los casi un millón de prisioneros exterminados en Auschwitz. Su cuerpo era un despojo, estaba semiparalítico, sus piernas finas y atrofiadas “delgadas como hilos.” El niño murió en los primeros días de marzo, vivió en libertad cerca de dos meses, vivió libre pero no redimido, escribe Primo Levi en La Tregua1, el segundo libro de la trilogía de Auschwitz. “Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías”. Pero había algo más, a Hurbinek, le faltaba la palabra, nadie había intentado introdu-cirlo en el mundo de los seres parlantes, aunque él intentaba emitir algunos sonidos indescifrables. Había sido hasta entonces una “libra de carne” abandonada en algún rincón al que se lo alimentaba como a un animalito doméstico. A partir de la liberación, un muchacho de quince años, de origen húngaro llamado Henek, se había impuesto la magna tarea de transferirle el significante que lo convirtiera en un parletre. Quería que Hurbinek tomara nota y firmara el recibo del significante de su propio nombre y recibiera el don de la palabra.
1. Levi, P. (2005). La Tregua. Barcelona: El Aleph, p. 30.
Una semana después de comenzar su tarea, Henek anunció seria-mente que Hurbinek, había dicho una palabra. ¿Qué palabra? Una palabra difícil de pronunciar, una palabra húngara quizá. Esa palabra indescifrable, que anunciaba el triunfo de la humanidad sobre el va-ciamiento al que había sido sometido Hurbinek, empezó a ocupar con entusiasmo al pequeño grupo que se había formado alrededor de él y de Henek. Se trataba de saber en sus mismos fundamentos, “lo que hablar quiere decir”. Aquí se trataba de un significante único, pero también absoluto. La palabra sonaba algo así como “massklo o matiska”.
Todo el grupo alrededor de Hurbinek intentaba descifrar lo que esos sonidos querían decir. El pequeño grupo estaba constituido por personas que procedían de distintos países europeos, que disponían de distintos códigos de desciframiento, pero la palabra de Hurbinek quedó indescifrable y se resistía al sentido tranquilizador. La palabra, escribe Levy, no era un mensaje, ni una revelación, quizá fuese su nombre, si era que lo tenía, “Hurbinek había nacido en Auschwitz y nunca había visto un árbol” había luchado como un hombre hasta el último suspiro por conquistar su entrada en el mundo de los hombres, del cual un poder bestial, lo había exiliado: Hurbinek era el nombre que sustituía a la falta de nombre, Hurbinek era la metáfora significante del sinnombre.
¿Y qué es tener un nombre? Es tener a disposición un significante que represente al sujeto para otro significante, una posibilidad de ser nombrado y tener un lugar en el Otro. Tener un nombre posibilita la emergencia de un decir. Tener un nombre es una condición de existencia. Tener un nombre es la condición de responder a la pregunta “quién dice” y a partir de ahí puede surgir la interrogación segunda, sobre lo que “hablar quiere decir”.Para el psicoanálisis como disciplina de la singularidad, ésta no puede funcionar sino a partir de la particularidad del nombre propio. El pequeño grupo sobreviviente de Auschwitz tenía muchas razones para obcecarse con Hurbinek y con el afán de Henek.
En el poema “El Golem”2, Borges escribe:
Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.
2. Borges, J.L. (2005). Obras completas. “El Golem”, RBA, Barcelona, p. 885.
Ahí se encuentra el poder performativo de la palabra. La idea de que al principio era el verbo. La relación entre el lenguaje y la sacralidad es la idea de que Dios creó el mundo mediante palabras y por lo tanto la palabra puede cambiar la realidad. Lo bendito, es por eso lo bien dicho, aun cuando se trata de palabras inaudibles o impronunciables como el tetragrámaton YVHV. Por eso quizá la palabra impronunciable de Hurbinek era un estímulo más que una imposibilidad. La palabra pronunciada por Hurbinek, se repetía como un juego gozoso que funcionaba como un objeto oral, instalando un objeto voz, por primera vez.
No había un enunciado claro, pero sí enunciación. Hablar para el psicoanálisis es renunciar al goce del viviente y abrirse al Otro. Hablar va ligado a la condición de sujeto, por eso era decisivo descifrar esa palabra sin sentido o poder atribuir a esos vocablos la condición de la palabra, y los escuchantes debían poder sancionar si era o no una palabra que se abriera a algún sentido. Querían poder elevar los vocablos a la dignidad de la palabra.
Conocimos la existencia de Hurbinek por el relato de Levy, otra vez lo simbólico como vía de acceso a lo real. Lo interesante para el psicoanálisis de la historia de Hurbinek es la relación entre la condición de sujeto y la palabra. ¿Si no hay sujeto qué puede interesar de la palabra?
Lacan en Problemas Cruciales del Psicoanálisis3, resalta el poder sensorial, la sutura corporal que deja como marca, una palabra, aunque sea un hueso sin sentido. También aquí Lacan despeja el fundamento de la repetición del lado del Uno con la del 0 del lado del sujeto. La palabra puede tener un valor de intercambio o también puede tener un valor de goce que se imponga sobre todas las significaciones y se torne en una palabra autónoma que no remita a un S2 y que se imponga como una jaculatoria pulsional. Entonces esto puede cuestionar la operación analítica de la lectura de un sín-toma e introduce una letra que agujerea el sentido.
3. Lacan, Jacques. Seminario 12. Inédito. Clase 10, del 3/3/65.
Maskle o Matiska, es entonces la expresión de un goce fuera de sentido. Hurbinek escupe un vocablo, que se comporta como la fór-mula del matemático que permite soportar un agujero en el saber, una escritura sin sentido cuya fundamentación es la basculación sobre la inexistencia. Dado que Hurbinek no pudo progresar más allá de ese vocablo, éste se convirtió en una sostenida iteración produciendo un algoritmo de repetición. Maskle o Matiska, deletrea un real reducido a la materialidad de la letra. Maskle interroga la relación entre el Uno y la Letra, que responde a campos divergentes. Por un lado el campo del significante y por el otro el campo del goce. Maskle se sitúa más allá de los límites de la ontología como letra que existe al sentido por un goce que es a su vez, una defensa contra un goce anterior a la separación y por eso es absolutamente indecible. Maskle es la cifra de un goce indescifrable. Maskle interroga sobre lo que hablar quiere decir tomado al pie de la letra. Maskle es una forma del Uno encar-nado en lalengua, es algo que queda basculando entre el fonema y la palabra a la que puede aplicarse el algoritmo de la repetición iterati-va.
Nunca hubo música para Hurbinek. Algunas consideraciones sobre “El efecto Hurbinek” de Oscar Strada. (Parte 2)
Por José Guillermo Martínez Verdú
Éste (el homo sapiens) se podrá constituir después de la merma por mor de lo simbólico,
después de la nada a partir de la cual se puede crear un mundo,
porque no hay nada para saber en el antes de que se cree la ignorancia fundamental.
Jaime Szpilka
Es por la insistencia del Otro que Hurbinek articula esos vocablos, por el deseo de Henek, pero por más que se proponga “la magna tarea de transferirle el significante que lo convirtiera en un parletre”, ya es tarde: “un poder bestial le había exiliado”, dice Oscar, citando a Primo Levi y añade: “Hurbinek era el nombre que sustituía a la falta de nombre, Hurbinek era la metáfora significante del sinnombre”. Por más que su auditorio intente descifrar un sentido a “massklo o matiska”, es decir otorgarle un sentido (en la medida en que el sentido proviene del Otro), eso no será posible porque su vocablo no tiene valor de palabra. El vocablo está “fuera de sentido”, sí, pero en este caso ni siquiera se trata de un goce fuera de sentido, porque hasta el goce es creado por la palabra, pues es el significante lo que crea lo real. De ahí su función apofántica o performativa. Si hubiera una palabra ya podría haber un goce del Otro “fuera de sentido, fuera de simbólico”, al decir de Lacan en La tercera, como puede sucederle a un psicótico que se encuentra inerme frente al Goce del Otro y su dicho puede ser esquizofrénico como cuando Lacan en el Distraidicho (1972) se refiere al “dicho esquizofrénico sin el auxilio de un discurso establecido” (o algo así).
Quizá con su vocablo intenta llegar a ese punto no loco sino esquizofrénico de la palabra, pero le es inaccesible, le está vedado porque ni siquiera tenía cuerpo. El don que le fue otorgado al darle un nombre quedó como Oscar dice sin un S2 para el cual ser representado. Es tarde incluso para que su nombre tenga valor de un S1 que lo represente como sujeto. Es solamente para el nombrante que tiene un valor de S1 que no alcanza para tocarle. No sé si siquiera puede pensarse en el autismo en el que pudiera darse un “dicho autista” (?), aquí sí, fuera de sentido, en tanto un significante del Otro, un S1 fruto del deseo del Otro pudiera llegar a tocarle el cuerpo (y por tanto otorgarle el cuerpo que Hurbinek no tiene, ya que como dice Oscar no va más allá de la “libra de carne”), estableciéndose al menos un Goce Otro, por más que ni alienación ni separación hayan funcionado ni establecido un fantasma y quedado alejado tanto del goce pasado por los desfiladeros del significante (Goce fálico) como del plus de Goce. Es que quedó fijado en ese momento en el que Lacan dice que el infans “no era absolutamente nada” (Lacan, Posición del inconsciente, 1966).
Es que ni siquiera puede pensarse en un grito autista de terror porque ni siquiera habría ese borde al que retorna el goce, según la teorización de E. Laurent (2013). Por más que Henek le otorgara un nombre y se ocupara humanamente de él con su muy loable deseo de intención humanizante (que según Primo Levi era más bien materno que paterno), ya era tarde: había quedado excluido de ser inscrito en el campo del Otro. Con ese infans los nazis, perversamente empoderados y ubicados en el lugar del padre de la horda, habían conseguido lo que pretendían para el pueblo judío, para los gitanos, para cualquier divergente (como en la película de ese título): forcluirlo absolutamente de la humanidad.
Por otra parte, como dice Jaime Szpilka (2002), antes de la palabra no hay nada que decir, (es decir no hay nada, ni siquiera un goce en lo real, añado yo) y después nunca se puede terminar de decir, o bien, “porque se dice no se puede decir” (1966).
A partir de ahí es lo que Strada comenta en un trabajo anterior (La locura de la dialectización necesaria): “Para el psicoanálisis el sujeto no sabe nada de la verdad, en todo caso que no puede ser dicha toda, que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla, ni del sinsentido que habitan las palabras que profiere.
La única verdad del psicoanálisis es el encuentro traumático con lo Real.”
O expresado de otro modo: es que para un sujeto (con estatuto, claro, de sujeto sujetado), el paraíso perdido, lo que creía con la certidumbre de todos los significantes amo, para ese sujeto, ese paraíso “antes no fue y después ya no puede ser” (de nuevo Szpilka). Pero es que para Hurbinek, al no haber sido capturado por el lenguaje, no hubo posibilidad de construir la ilusión retroactiva de un paraíso perdido; en cambio: ¡sí!: antes fue y después seguirá siendo… un puro objeto de deshecho (lo dice Levi con todas las letras). Resto de la unión de una apestosa judía-gitana y un megalómano nazi de raza superior.
En la excelente película de “Adam resucitado” (Adam Resurrected. Paul Schrader, 2008) que está basada en la igualmente excepcional novela “El hombre perro” del israelí Yoram Kaniuk (1968) vemos a Adam que había sido reducido a no ser más que un perro para el comandante del campo de exterminio y a comportarse a cuatro patas como tal y roer huesos, junto a Rex, su pastor alemán, para entretenerle (al menos era un perro, era algo, y mucho más que el resto de prisioneros del campo). Del mismo modo, era obligado a tocar el violín mientras sus congéneres y su misma familia eran conducidos a los hornos crematorios. Adam, posteriormente ingresado en un hospital psiquiátrico para supervivientes del holocausto en Israel, se empeña (y lo consigue, dado que es una ficción) en rehabilitar a un niño-perro que se creía perro al haber sido criado como tal desde que nació, con su collar y siempre atado con una cadena. Lo consigue con ayuda de su deseo extraordinariamente poderoso. Es que Adam tenía determinados poderes: el poder de empatizar e influir sobre los demás, incluso sobre los animales; el poder tanto de enfermar destrozándose su cuerpo y recomponerse después, como de morir y resucitar. Pues con su poderoso deseo y ayudado de una máquina de escribir (y la música de un radio-transistor, en la novela) consigue transformar a ese niño-perro en un niño-hombre, mientras los flash back en blanco y negro, van mostrando la aberrante condición humana de los nazis (sí y digo “humana” porque no existe otro animal más que el animal humano que tal cosa hiciera nunca) que se empeñan en todo lo contrario que Adam: mientras éste intenta hacer un sujeto del niño-perro, aquellos intentan borrar todo rastro de subjetividad de los prisioneros del campo.
En Hurbinek es cierto que hay un significante que le nombra, pero para él no puede ser performativo (en el sentido de Austin), solo para el Otro tiene valor de nombre propio, como muestra Strada con el poema de Borges. Para Hurbinek queda como un significante en un real tan alejado que ni siquiera podrá retornar, para intentar dejarle huella, vía alucinatoria. Es como cuando en la peli de G. Romero “El día de los muertos” (como también en una de la saga de Resident Evil o de los Walking dead) tratan de dar nombres y “educar a un zombi, a un muerto viviente que por más que se mueva, camine y se coma a los vivos, no está sino más que muerto. Más que muerto en lo real: real, aún más allá de la pulsión de muerte y más allá de lo real del goce, diría yo.
Si como Strada nos dice en la cita del trabajo anterior, “La única verdad del psicoanálisis es el encuentro traumático con lo Real”, para Hurbinek ni siquiera se dio dicho traumático encuentro. En el mencionado trabajo señala Oscar: “A partir del momento en el que todo ser humano será mortificado por el significante para convertirse en un ser parlante tendrá irremediablemente que entrar en una dialéctica con el Otro que no existe, pero tendrá que hacerlo existir al menos, para advenir otra cosa de aquello que era y poder acceder a la categoría de sujeto”. Ahora nos muestra que nada, absolutamente nada de eso se da en Hurbinek: nunca fue ni podía ser ya mortificado por el significante. Por ello (y siento disentir) es difícil admitir que “La palabra pronunciada por Hurbinek, se repetía como un juego gozoso que funcionaba como un objeto oral, instalando un objeto voz, por primera vez”. Es que eso implicaría ya al Fort-Da y al corte del objeto a, de un objeto anterior de pulsión oral (seno) o invocante (voz) que difícilmente se habría constituido en ese, no voy a decir en ese viviente sino en ese muerto-vivo (Baranger, 1969), o mejor, no-muerto-no-vivo.
Pues no, nada de preconcepciones nada de elementos beta y ningún rudimento de alfa. Creo que en Bion quedaría como algo completamente fuera de la tabla, incluso de la negativa, ningún “elemento” ni categoría ubicable en cualesquiera de las casillas: abandonado en un barracón obscuro como un puro ente de deshecho, como una nada, jamás había existido un holding (Winnicott), un deseo del Otro que le sostuviera, una envoltura sonora (D. Anzieu) de significantes que delimitaran piel y formaran un cuerpo. Ni rastro de algo asimilable a una “realización original” (Bion, 1965) No: ¡no hubo música para Hurbinek!
Hurbinek me hace recordar a los niños mencionados por René Spitz con hospitalismo que llegan a morir a pesar de tener cubiertas todas sus necesidades fisiológicas (pero no las afectivas).
También están los niños del experimento de la lengua original que, si no recuerdo mal, menciona Umberto Eco. Resulta que en época medieval se debatía cual sería la lengua original, la lengua anterior a la Torre de Babel. En general se pensaba que el hebreo era la lengua original. A un rey, creo que de Francia se le ocurrió el siguiente experimento: Llevó a una cierta cantidad de niños recién nacidos a una isla con cuidadores que tenían prohibido hablarles pero que tenían que satisfacer todas sus necesidades de alimento higiene, calor, etc. No podían decirles ni una sola palabra ya que de ese modo los niños no serían influidos y, por sí mismos, hablarían la lengua original. Bueno, pues uno tras otro, todos fueron muriendo hasta no quedar ni uno. Es que el infans necesita de las palabras, necesita de los significantes que transportan afecto, de esa envoltura sonora de la voz materna, de la música de las canciones de cuna, como diría Eugenio Cornide (2013), o del deseo del Otro sin lo cual no hay sujeto. Porque como dice Oscar “La palabra puede tener un valor de intercambio o también puede tener un valor de goce que se imponga sobre todas las significaciones y se torne en una palabra autónoma que no remita a un S2 y que se imponga como una jaculatoria pulsional”. Es que, por más idas y venidas y vericuetos que Lacan formule en el Seminario XI para demostrarse freudiano, en él la pulsión ya no es un concepto límite entre lo psíquico y lo somático no es algo que pueda estar contenido en un Ello más o menos instintual, sino que lo que Lacan muestra con el recorrido de la pulsión es que plenamente la pulsión proviene del Otro. Y, si tuviera que pensarlo desde Bion, la misma pulsión parece provenir, a mi humilde entender, de la función alfa materna.
Si al menos hubiera sido abandonado en el bosque y criado por lobos, habría andado, corrido y saltado a cuatro patas, quizá por mimetismo o psicastenia legendaria en el sentido de Roger Callois o, tal vez habría tenido la posibilidad de cierto “adiestramiento”, como Víctor, el pequeño salvaje de Itard o el resto de niños lobos, incluso actuales, en ninguno de los cuales llega a instalarse la palabra, por más esfuerzos pedagógicos que se realizan. Tal vez hubo algo antes de ser abandonados, ciertos esbozos de alienación, de lo simbólico (aunque no separación) que permitiera ciertas precarias identificaciones visuales y auditivas con los animales del entorno. Pero hasta eso estuvo ausente en Hurbinek.
No hay pulsión en Hurbinek (ni de vida ni de muerte), como tampoco en los muertos vivientes de Romero. Creo que Oscar lo muestra bien a las claras: “No había un enunciado claro, pero si enunciación. Hablar para el psicoanálisis es renunciar al goce del viviente y abrirse al Otro. Hablar va ligado a la condición de sujeto, por eso era decisivo descifrar esa palabra sin sentido o poder atribuir a esos vocablos la condición de la palabra, y los escuchantes debían poder sancionar si era o no una palabra que se abriera a algún sentido. Querían poder elevar los vocablos a la dignidad de la palabra”.
“Elevar los vocablos a la dignidad de la palabra”. ¿No suena eso a un parafraseo de Lacan en el Seminario de la Ética cuando hablando de la sublimación la define como “elevar el objeto a la dignidad de la cosa”? Estaríamos en el terreno de la simbolización, de la represión originaria o de la primaria Urverdrängung que ni por asomo actuó en Hurbinek: una especie de necesaria operación de Ursublimierung (Martínez Verdú, 1997), contemporánea de la alienación y separación para la creación de un fantasma fundamental.
Es cierto, como dice Oscar, que “Masskle interroga la relación entre el Uno y la Letra, que responde a campos divergentes. Por un lado el campo del significante y por el otro el campo del goce”. Sí, es cierto para nosotros, pero no para Hurbinek, porque es su vocablo lo que nos interroga y nos cuestiona; cuestiona nuestras certezas y pone en tela de juicio a todos nuestros significantes amo. Lacan lo dice en La Conferencia en Ginebra sobre el síntoma (1975): “aquello que en ese entonces no era absolutamente nada”. Termina Strada: “Masskle es la cifra de un goce indescifrable Masskle interroga sobre lo que hablar quiere decir tomado al pie de la letra. Masskle es una forma del Uno encarnado en lalengua”. Radicalmente de acuerdo, Oscar. Y al mismo tiempo recordando que en el Seminario 19 (…o peor) parece que Lacan en su examen del Uno en el Parménides de Platón, análogamente a Plotino, se decante finalmente por el Uno indeterminado, es decir se decante hacia lo real, descartando hasta el rasgo unario como Uno simbólico o significante. Era un algo que “no era absolutamente nada”, insisto con Lacan. Un goce indescifrable, para nosotros, sí, pobres humanos para quienes por mor de lo simbólico existe el significante “nada” que incita al deseo de saber (y, por tanto, a la transferencia), incapaces de aceptar la función afanísica de la palabra, o lo que es lo mismo, la inadequatio rei et intelectum (Szpilka). Sabemos que muere a los dos meses de la liberación pese a los esfuerzos de todos por humanizarlo y ¿quién sabe si habría vivido más sin salir de las condiciones y situaciones de su barracón? Una nube de incertidumbre nos envuelve, porque ¿qué de la vida o de la muerte, de la infinitud o de la finitud para un zombi? Nada para Hurbinek, ni el inconsciente ni un puro ello; ni lo real ni el goce: nada; lo que no quita para que durante tres años más el tiempo de gestación tuviera existencia: ¡fue el ser de un ente que vivió! Pero, repito: nunca hubo música para Hurbinek. “Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías”, decía Primo Levi; testimonio de vida al que nos sumamos con nuestra música, con estas palabras nuestras, casi 80 años después. Y precisamente por eso su historia, como dices, Oscar, nos interroga y nos interrogará siempre sobre cualquier tipo de certidumbre; nos interroga y nos interrogará siempre sobre lo que para nosotros hablar quiere decir, pues como dice Jaime Szpilka, “antes de hablar no hay nada para decir y después nada puede ya terminar de ser dicho”. Eso nos martiriza: el efecto Hurbinek.
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O Efeito Hurbinek e Nunca houve música para Hurbinek
Resumo: Hurbinek foi um dos 196 sobreviventes de prisioneiros exterminados em Auschwitz. Confinado a um canto de seu barracão, seu corpo era um destroço, semi-paralisado, com pernas finas e atrofiadas, e uma total falta de linguagem. Ele morreu dois meses após a libertação, mas como conta Primo Levi, o jovem Henek se empenhou em ensiná-lo a falar. Um dia, ele pronunciou uma palavra estranha e indecifrável. A questão que os autores debatem gira em torno da função dessa palavra e da importância crucial da palavra e da linguagem e suas vicissitudes na estruturação da subjetividade. “Nada resta dele: o testemunho de sua existência são estas palavras minhas”, diz Primo Levi; um testemunho ao qual nos somamos com estas nossas palavras.
Descritores: Auschwitz, Holocausto, Primo Levi, Desumanização, Psicanálise, Linguagem, Subjetividade, Real, Prazer, Nada.
The Hurbinek Effect and There Was Never Music for Hurbinek
Abstract: Hurbinek was one of the 196 survivors of prisoners exterminated in Auschwitz. Confined to a corner of his barrack, his body was a wreck, semi-paralyzed, with thin, atrophied legs, and a complete lack of language. He died two months after the liberation, but as Primo Levi recounts, the young Henek made an effort to teach him to speak. One day, he uttered a strange and indecipherable word. The issue that the authors debate revolves around the function of that word and the crucial importance of words and language and their vicissitudes in the structuring of subjectivity. «Nothing remains of him: the testimony of his existence is these words of mine,» says Primo Levi; a testimony to which we add our own words.Descriptors: Auschwitz, Holocaust, Primo Levi, Dehumanization, Psychoanalysis, Language, Subjectivity, Real, Enjoyment, Nothing.
Referencias
Bion, W. R. (1968). Transformaciones. Del aprendizaje al crecimiento. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. (Edición posterior: Promo-libro, Valencia, 2001).
Cornide, E. (2013). La voz sonora humana : Amor y violencia. Psicoanálisis, 35(3), 517-535.
Lacan, J. (1975). Posición del inconsciente. En Escritos II. México: Siglo XXI. (Trabajo original publicado 1966).
(1977). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoa-nálisis (Seminario 1963–1964). Barcelona: Barral.
(2012). El Seminario. Libro 19: … o peor (Seminario 1971–1972). Buenos Aires: Paidós.
(1972). El atolondradicho. Escansión, Ornicar?, (1), 15–69.
(1980). La Tercera. En Actas de la Escuela Freudiana de París. Barcelona: Petrel. (Trabajo original publicado 1974).
Lacan, J. (1988). Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. En Intervenciones y textos II (pp. 115–144). Buenos Aires: Manantial. (Trabajo original publicado 1975).
Laurent, É. (2013). La batalla del autismo: De la clínica a la política. Buenos Aires: Gra-ma.
Martínez Verdú, J. G. (1998). Sublimación en la transferencia. Revista de Psicoanálisis (A.P.M.), Nº Extra.
Strada, O. (2022). La locura de la dialectización necesaria. Trabajo presentado en el Espacio Central de Escuela en Valencia, sobre las actividades preparatorias hacia las XXI Jorna-das de la ELP. https://elp.org.es/la-locura-de-la-dialectizacion-necesaria/
Szpilka, J. (1996). El sujeto psicoanalítico y su palabra. Revista de Psicoanálisis (A.P.M.), 23, 91-105.
(2002). Creer en el inconsciente. Madrid: Síntesis.
(2022). Inconsciente, esencialmente humano. Psicoanálisis, 44(1), 15-29.